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 22/09/2014 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 UNIVERSAL ISSUES 
UNIVERSAL ISSUES / ¿Por qué ellos nos odian? La auténtica guerra contra las mujeres se libra en el mundo árabe islámico
Date of publication at Tlaxcala: 13/06/2012
Original: Why Do They Hate Us? The real war on women is in the Arab-Islamic world
Translations available: Français 

¿Por qué ellos nos odian? La auténtica guerra contra las mujeres se libra en el mundo árabe islámico

Mona Eltahawy منى الطحاوي

Translated by  Eva Fernández

 

 En Distant View of a Minaret, la fallecida y olvidada escritora egipcia Alifa Rifaat comienza su relato corto con una mujer tan indiferente a las relaciones sexuales con su marido que, mientras él se centra en obtener su placer, ella lo hace en una telaraña que tendrá que barrer del techo y le da tiempo a reflexionar sobre la reiterada negativa de su marido a prolongar las relaciones sexuales hasta que ella llegue al clímax, “como si quisiera privarla de ello deliberadamente”.
 



Mona Eltahawy tras la agresión que sufrió a manos de la policía antidisturbios en la calle Mohamed Mahmoud, cerca de la Plaza Tahrir Square el pasado noviembre. Fotode  Dan Callister, The Guardian

Mientras su marido le niega el orgasmo, la llamada a la oración interrumpe el de él y el hombre se va. Tras lavarse, ella se sumerge en la oración –una actividad tan satisfactoria que está deseando que llegue la siguiente– y mira a la calle desde el balcón. Interrumpe la ensoñación para preparar obedientemente el café que su marido toma después de la siesta. Cuando llega a la habitación para servirlo en su presencia, que es como a él le gusta, se da cuenta de que está muerto. Da instrucciones a su hijo para que vaya a buscar al médico. “Volvió al salón y se sirvió café. Se sorprendió de lo tranquila que estaba”, escribe Rifaat.

En las escuetas tres páginas y media, Rifaat presenta una triple apuesta sobre sexo, muerte y religión, una pesada losa que aplasta la negación y la indefensión para llegar al corazón latente de la misoginia en el mundo árabe islámico. Aquí no se dora la píldora a nadie. Ellos no nos odian por culpa de nuestras libertades, como decía el gastado cliché estadounidense tras el 9 de septiembre. No tenemos libertades porque nos odian, como tan poderosamente exclama esta mujer árabe.
 
Sí: ellos nos odian. Hay que decirlo.
 
 

Esta imagen de un vídeo en que se ve a policías militares golpeando a una joven manifestante tras haberle arrancado su abaya el pasado mes de diciembre provocó un auténtico escándalo en Egipto, por lo que el ejército se vio obligado a pedir disculpas. Numerosos blogueros y artistas convirtieron el sujetador azul de la muchacha en un símbolo de la lucha por la libertad.

 


 

"Abajo el régimen militar"
por Naser Al-Khalylah

 
Algunos se preguntarán por qué ahora pongo sobre la mesa esta cuestión, en un momento en el que la región se ha sublevado, no alimentada por el típico odio hacia Estados Unidos e Israel, sino por una exigencia conjunta de libertad. Al fin y al cabo, ¿no debería todo el mundo gozar de los derechos básicos, antes de que las mujeres exijan un trato especial? y, ¿qué tiene que ver el género y, en este caso, el sexo con la Primavera Árabe? Aunque yo no hablo del sexo escondido en esquinas oscuras y cuartos cerrados. Todo un sistema económico y político –ese que trata a la mitad de la humanidad como animales– debe ser destruido junto con otras tiranías más obvias que asfixian a la región en su desarrollo futuro. Hasta que la cólera contra los opresores en los palacios presidenciales se vuelva contra los opresores en nuestras calles y hogares, nuestra revolución ni siquiera habrá comenzado.
 
Por lo tanto, sí, las mujeres de todo el mundo tienen problemas; sí, Estados Unidos no ha elegido aún a una presidenta y sí, las mujeres siguen siendo tratadas de forma inhumana en muchos países “occidentales” (yo vivo en uno de ellos). Así es como suele siempre acabar una conversación cuando se trata de debatir por qué las sociedades árabes odian a las mujeres.
 
Pero dejemos aparte lo que Estados Unidos hace o deja de hacer a las mujeres. Nómbrenme un país árabe y les recitaré una letanía de maltratos alimentados por una mezcla tóxica de cultura y religión que pocos parecen interesados o son capaces de desenmarañar, no vaya a ser que blasfemen u ofendan. Cuando más del 90% de las mujeres casadas en Egipto, incluida mi madre y todas sus seis hermanas, excepto una, han visto mutilados sus genitales en nombre de la modestia, a la sazón todas debemos ser blasfemas. Cuando las mujeres egipcias son sometidas a humillantes “pruebas de virginidad” por el mero hecho de protestar, no es precisamente el momento de callar. Cuando un artículo del código penal egipcio dice que si una mujer ha sido golpeada por su marido “con buenas intenciones” no puede esperar que éste reciba un castigo, entonces… ¡al infierno con la corrección política!
 
¿Y qué son, si se puede saber, “buenas intenciones”? Legalmente pueden estimar oportuno incluir cualquier castigo corporal que no sea “severo” o se aplique “directamente en el rostro”. Todo esto significa que cuando se trata del estatus de la mujer en el mundo árabe islámico, no es mejor de lo que se cree. Es mucho, mucho peor. Incluso después de estas “revoluciones” todo parece más o menos aceptable en el entorno siempre que las mujeres estén cubiertas, sujetas al hogar, sin la menor posibilidad de desplazarse o de conducir su propio coche, obligadas a pedir permiso a los hombres para viajar e incapaces de casarse sin la bendición de un varón tutor… ni tampoco de divorciarse.
 
Ni un solo país árabe se encuentra entre los 100 primeros del Índice de disparidad entre géneros (Global gender gap report) publicado por el Foro Económico Mundial, lo cual sitúa en bloque a la región en la cola del planeta. Ricos o pobres, todos odiamos a las mujeres. Entre nuestros vecinos de Arabia Saudita y Yemen, por ejemplo, puede que el primero de esos dos países esté a años luz en lo que se refiere al PIB, pero el 131 que ocupa está únicamente cuatro puestos por delante del 135 y último del Reino de Yemen. Marruecos, muy aplaudido por su “progresista” ley de la familia (un informe de 2005 realizado por “expertos” occidentales lo consideró “un ejemplo para los países musulmanes que deseen integrarse en la sociedad moderna”), aparece en el listado en el puesto 129; según el Ministerio de Justicia marroquí, en 2010 s e casaron en el país 41 098 jóvenes menores de 18 años.
 
Es fácil comprender por qué el país a la cola de la lista es Yemen, donde el 55% de las mujeres son analfabetas, el 79% no participa en el mercado de trabajo y sólo hay una mujer en un parlamento compuesto por 301 personas. Llegan noticias terribles sobre niñas de doce años que mueren al dar a luz sin que esto impida la práctica de los matrimonios con niñas. Todo lo contrario, las manifestaciones en apoyo al matrimonio infantil superan a las de sus detractores, sustentadas por declaraciones de clérigos que califican de apóstatas a los opositores a la pedofilia y a favor de una condena gubernamental, ya que el profeta Mahoma, según ellos, se casó con su segunda esposa, Aisha, cuando era una niña.
 
Pero, al menos, las mujeres yemeníes pueden conducir. Seguro que esto no ha acabado con su rosario de problemas, pero simboliza la libertad –y en ninguna otra parte resuena ese simbolismo tanto como en Arabia Saudita, donde se practica el matrimonio con niñas y las mujeres son menores a perpetuidad, sea cual sea su edad o su educación. Las mujeres sauditas superan holgadamente a sus homólogos varones en las universidades, pero se las reduce a ver que hombres mucho menos cualificados controlan todos los aspectos de sus vidas.
 
Sí, Arabia Saudita, el país donde una superviviente de una violación en grupo fue sentenciada a prisión por subir al coche de un hombre que no era de su familia y sólo se libró de ella gracias al indulto real; Arabia Saudita, donde una mujer que se saltó la prohibición de conducir fue sentenciada a diez latigazos y de nuevo necesitó el indulto real; Arabia Saudita, donde las mujeres aún no pueden votar ni presentarse a unas elecciones, considera ahora que es “progreso” que un decreto real prometa concederles el derecho a votar en unas elecciones locales casi completamente simbólicas en –imagínense– 2015. Las cosas están tan mal para las mujeres en Arabia Saudita que esas palmaditas paternalistas en la espalda se reciben con entusiasmo, ya que al monarca que las respalda, el rey Abdullah, lo llaman “reformista” incluso aquellos que deberían conocerlo mejor, como los periodistas de la revista Newsweek, que en 2010 calificaron al rey como uno de los once líderes más respetados del mundo. ¿Quieren saber lo malo que es? La respuesta del “reformista” a la revolución que estaba surgiendo en toda la región fue adormecer a su pueblo con más limosnas/donaciones gubernamentales –en especial para los fanáticos salafistas, de quienes la familia real recibe su legitimidad. El rey Abdullah tiene 87 años. Esperen a ver al siguiente en la línea sucesoria, el príncipe Nayef, un hombre que surge directamente de la Edad Media. Su misoginia y fanatismo hacen que el rey Abdullah parezca Susan B. Anthony.
 

Entonces, ¿por qué nos odian?

El sexo, o más exactamente el himen, lo explica en gran medida.
 
“Sigue siendo un misterio para mí por qué los extremistas siempre se concentran en las mujeres”. La Secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton dijo recientemente: “Todos parecen hacerlo. Sea cual sea el país en el que se encuentren o la religión que profesen. Ellos quieren controlar a las mujeres.” (Y eso que Clinton representa actualmente a una administración que apoya abiertamente a muchos de esos déspotas misóginos). Los intentos de control por parte de estos regímenes frenan la sospecha de que, sin control, una mujer está a muy pocos pasos de la voracidad sexual. No hay más que fijarse en el popular clérigo Yusuf al-Qaradawi, de larga tradición conservadora y presentador en Al Jazeera, que desarrolló una impresionante inclinación por las revoluciones de la Primavera Árabe –una vez estaban en marcha, claro está–, pues sin duda se dio cuenta de que éstas eliminarían a los tiranos que los habían oprimido y atormentado durante largo tiempo, tanto a él como al movimiento de los Hermanos Musulmanes del que proviene.
 
Podría encontrarles un presentador lunático que despotrica de la “Mujer-Tentadora-Insaciable”, pero permaneceré en el ámbito de la cultura de masas en que se mueve Qaradawi, el cual goza de una enorme audiencia dentro y fuera del canal satélite. Aunque él propugna que la mutilación genital femenina (a la que denomina “circuncisión”, un vulgar eufemismo que trata que equiparar con la circuncisión masculina) no es “obligatoria”, también encontramos esta valiosa observación en uno de sus libros: “Yo personalmente la apoyo en las circunstancias actuales del mundo moderno. Cualquiera que piense que la circuncisión es la mejor forma de proteger a sus hijas debería realizarla.”, escribió. Y añade: “Los moderados están a favor de practicar la circuncisión para reducir la tentación”. Por lo tanto, incluso entre los “moderados”, los genitales de las niñas se mutilan para asegurar que su deseo quede cortado de raíz. Qaradawi se ha mostrado contra la mutilación femenina desde que se publicó la fatua que hizo emerger la cuestión; sin embargo no sorprende que desde que Egipto prohibió esta práctica en 2008, algunos Hermanos Musulmanes legisladores se opusieron a la ley. Y algunos todavía se oponen –incluida a una destacada parlamentaria, Azza al-Garf.
 
Sin embargo, son los hombres quienes no se controlan en las calles, donde las agresiones sexuales son endémicas desde Marruecos a Yemen, y si se anima a las mujeres a cubrirse es a causa de ellos. El Cairo tiene un vagón de metro sólo para mujeres con el fin de protegernos de las manos largas y de cosas peores; sin contar que los centros comerciales sauditas son sólo para familias y se prohíbe la entrada a los hombres solteros a menos que cumplan el requisito de que una mujer los acompañe.
 
A menudo escuchamos cómo las fracasadas economías del mundo árabe islámico han imposibilitado que muchos hombres puedan casarse y algunos utilizan este hecho para explicar los crecientes niveles de agresiones sexuales en las calles. En una encuesta del año 2008 llevada a cabo por el Centro egipcio para los derechos de las mujeres, más del 80% de las egipcias declararon haber sufrido acoso sexual y más del 60% de los hombres admitieron que acosan a las mujeres. Pero nunca escuchamos cómo afecta a la mujer el retraso en la edad del casamiento. ¿Tiene la mujer apetito sexual o no? Todo hace suponer que el jurado árabe sigue ajeno a las bases de la biología humana.
 
Veamos ahora la llamada a la oración y la sublimación a través de la religión que tan brillantemente encaja Alifa Rifaat en su historia. Mientras que los clérigos designados por el régimen adormecen a los pobres de la región con promesas de justicia y vírgenes núbiles en el otro mundo –en vez de vérselas con la corrupción y el nepotismo del dictador en esta vida–, las mujeres son silenciadas por una combinación mortal de hombres que las odian y, además, reclaman tener a Dios firmemente de su parte.
 
Vuelvo de nuevo a Arabia Saudita, no sólo porque cuando fui al país a la edad de 15 años me quedé traumatizada hasta el punto de volverme feminista –no hay otra forma de describirlo–, sino porque el reino se mantiene inmutable en su veneración a un Dios misógino y nunca sufre las consecuencias de ello gracias a su doble ventaja de poseer petróleo y ser el país que cuenta con los dos lugares más sagrados del islam: La Meca y Medina.
 
Tanto entonces –eran los ochenta y los noventa– como ahora, los clérigos de la televisión saudita estaban obsesionados con las mujeres y sus orificios, sobre todo con lo que salía de ellos. Nunca olvidaré cuando me contaron que si un bebé varón orinaba sobre una persona, ésta podía ir a rezar sin cambiarse de ropa, pero si era una niñita quien lo hacía debía cambiarse de ropa. ¿Qué demonios habrá en la orina de una niña para que vuelva a la gente impura?, me pregunté.
 
Lo que hay es odio hacia las mujeres.
 
¿Cuánto odia Arabia Saudita a las mujeres? Tanto que dejó que 15 niñas murieran en 2002 durante el incendio de una escuela en La Meca, después de que la “policía moral” les impidiera escapar del edificio en llamas –y no dejó que los bomberos las rescataran– ya que no llevaban los pañuelos a la cabeza ni las túnicas requeridas en público. Y no ocurrió nada. Nadie fue juzgado. Los padres fueron silenciados. La única concesión al horror fue que el entonces todavía príncipe Abdullah retiró silenciosamente la educación de las niñas a los fanáticos salafistas, quienes de todas formas se las han arreglado para mantener su férreo control del sistema educativo en el reino.
 
Sin embargo, esto no es un fenómeno meramente saudita. No es una detestable curiosidad en este rico y aislado desierto. El odio islámico hacia las mujeres arde con fulgor en toda la región, ahora más que nunca.
 
En Kuwait, donde los islamistas han luchado durante años contra la emancipación de la mujer, acosaron a las cuatro mujeres que lograron abrirse camino hasta el parlamento, exigiendo que las dos que no se ponían el velo islámico lo hicieran. Cuando el pasado diciembre se disolvió el parlamento kuwaití, un parlamentario islamista reclamó que el nuevo parlamento –ya desprovisto de legisladoras– debatiera su propuesta de ley de “indumentaria decente”.
 
En Túnez, durante mucho tiempo considerado un faro de tolerancia en la región, las mujeres estuvieron con el alma en vilo el pasado otoño hasta que el partido islamista Ennahda, que había alcanzado la mayoría absoluta en la asamblea constituyente del país, prometió respetar el Código de Estatus Personal de 1956, que declara “el principio de igualdad entre hombres y mujeres” como ciudadanos y a su vez prohíbe la poligamia. Pero las profesoras universitarias y las estudiantes que no llevan el velo islámico se han quejado desde entonces de agresiones e intimidación por parte de los islamistas, mientras que muchas activistas por los derechos de la mujer se preguntan cómo las conversaciones actuales sobre la ley islámica afectarán a la ley que prevalecerá tras la revolución tunecina.
 
En Libia, lo primero que prometió hacer el primer mandatario del gobierno interino, Mustafa Abdel Jalil, fue abolir las recientes restricciones tiránicas libias sobre la poligamia. Y para que no se nos ocurra pensar que Muammar al-Qaddafi era un feminista, recordemos que bajo su gobierno las niñas y las mujeres que sobrevivían a abusos sexuales o eran sospechosas de “delitos morales” eran internadas en “centros de rehabilitación social”, en realidad prisiones de las que no podían salir a menos que un hombre quisiera casarse con ellas o sus familias las acogieran de nuevo.
 
Y luego está Egipto, donde menos de un mes después de que el presidente Hosni Mubarak abandonase el poder, la junta militar que lo sustituyó para “proteger la revolución” nos recordó involuntariamente las dos revoluciones que las mujeres necesitamos. Tras haber despejado la Plaza Tahrir de manifestantes, los militares detuvieron a decenas de hombres y mujeres activistas. Los tiranos oprimen, golpean y torturan a todo el mundo, eso lo sabemos. Pero aquellos oficiales se reservaban unas “pruebas de virginidad” para las activistas: una violación disfrazada con un médico que insertaba sus dedos en la cavidad vaginal en busca del himen. Aquel médico fue juzgado y absuelto el pasado mes de marzo.
 
¿Qué esperanza puede haber para las mujeres en el nuevo parlamento egipcio, dominado como está por hombres anclados en el siglo VII? Un cuarto de esos escaños parlamentarios están ahora ocupados los salafistas, según los cuales una buena receta para la vida moderna consiste en imitar las costumbres originales del profeta Mahoma. El pasado otoño, cuando publicaron las listas de las candidatas del Partido Salafista Nour de Egipto, se puso una flor en el lugar donde iría la cara de cada mujer. No se debe ver o escuchar a las mujeres –inclusos sus voces son tentadoras–, de manera que allí están ellas en el parlamento egipcio, vestidas de negro, cubiertas de pies a cabeza y sin pronunciar una sola palabra.
¡Y estamos en plena revolución en Egipto! Es una revolución en la que las mujeres han muerto, las han apaleado, les han disparado, las han agredido sexualmente y han luchado junto a los hombres para librar al país de ese Patriarca con mayúsculas –Mubarak– y, sin embargo, siguen oprimidas por muchos patriarcas con minúsculas. Los Hermanos Musulmanes, con casi la mitad del total de los escaños en nuestro nuevo parlamento, no creen que las mujeres (o los cristianos, si vamos al caso) puedan ser presidentes. La mujer que lidera el “Comité de Mujeres” del partido político de los Hermanos Musulmanes dijo recientemente que las mujeres no deberían manifestarse o protestar, porque es más “digno” dejar que sus maridos o hermanos lo hagan por ellas.
 
El odio hacia las mujeres está profundamente arraigado en la sociedad egipcia. Aquellas de nosotras que nos hemos manifestado y protestado hemos tenido que sortear un campo de minas plagado de agresiones sexuales por parte del régimen y también de sus opositores y, lo digo con tristeza, a veces de nuestros propios compañeros revolucionarios. El día de noviembre en que fui agredida sexualmente por cuatro policías antidisturbios en la calle Mohamed Mahmoud, cerca de la Plaza Tahrir, poco antes había sido manoseada por un hombre en la mismísima plaza. Estamos deseosas de denunciar las agresiones por parte del régimen, pero si nos violan nuestros compañeros civiles asumimos de inmediato que son agentes del régimen o matones, porque no queremos contaminar la revolución.

 ¿Qué podemos hacer?

Lo primero, dejar de fingir. Llamar al odio por su nombre. Resistir al relativismo cultural y saber que incluso en los países en los que hay en marcha revoluciones y revueltas las mujeres continuarán siendo unas fichas que se compran baratas. Ustedes –el mundo exterior– escucharán que está en nuestra “cultura” y en nuestra “religión” hacerles esto o aquello a las mujeres. Traten de comprender que nunca fue una mujer la que quiso que fuese así. Por mucho que quien prendiese la llama de las revueltas fuera un varón árabe –Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante tunecino que se autoinmoló por desesperación–, serán las mujeres árabes quienes la concluyan.
 
Amina Filafi –la joven marroquí de 16 años que bebió veneno al verse forzada a casarse y a ser apaleada por su violador– es nuestra Bouazizi. Salwa el-Husseini fue la primera mujer egipcia en levantar la voz contra las “pruebas de virginidad”; Samira Ibrahim la primera en denunciarlo; Rasha Abdel Rahman la primera en testificar junto a ella y todas son nuestras Bouazizi. No debemos esperar a que mueran para que lo sean. Manal al-Sharif, que pasó nueve días en prisión al saltarse la prohibición de conducir para las mujeres de su país, es la Bouazizi de Arabia Saudita. Ella es un ejército revolucionario compuesto por una sola mujer que lucha contra un océano de misoginia.
 
Nuestras revoluciones políticas no tendrán éxito a menos que vayan acompañadas de revoluciones del pensamiento; de revoluciones sociales, sexuales y culturales que derriben los Mubarak de nuestras mentes y de nuestros dormitorios.
 
“¿Sabes por qué nos sometían a pruebas de virginidad?” me preguntó Samira Ibrahim justo después de que hubiéramos pasado horas marchando juntas en El Cairo para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. ”Quieren silenciarnos; quieren confinar a la mujer de nuevo en casa. Pero no vamos a ir a ninguna parte.”
 
Somos mucho más que nuestros velos y nuestros hímenes. Escuchen cómo luchamos. Amplifiquen las voces de la región y verán asomar el odio por sus ojos. Hubo un tiempo en que ser islamista en Egipto y Túnez era estar en la posición política más vulnerable. Traten de entender que ahora bien podría ser la Mujer quien ocupe ese lugar. Como siempre lo ha sido.




Courtesy of Tlaxcala
Source: http://www.foreignpolicy.com/articles/2012/04/23/why_do_they_hate_us
Publication date of original article: 01/05/2012
URL of this page: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=7503

 

 
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