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 23/07/2019 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 USA & CANADA 
USA & CANADA / Hay mucho más que decir (sobre el asesinato de Osama bin Laden)
Date of publication at Tlaxcala: 30/07/2011
Original: There is Much More to Say (about the Assassination of bin Laden)

Hay mucho más que decir (sobre el asesinato de Osama bin Laden)

Noam Chomsky Νόαμ Τσόμσκι نوآم چامسکی

Translated by  Pepe Crespo
Edited by  Manuel Cedeño Berrueta

 

Tras el asesinato de bin Laden recibí tal aluvión de peticiones para comentar que fui incapaz de atenderlos individualmente, así que el 4 de mayo y posteriormente envié un primer mensaje a modo de respuesta, que no era para ser publicado, y así poder escribir más adelante con mayor detalle y profundidad. Pero se publicó en Internet, y por tanto circuló; se puede encontrar ahora, vuelto a publicar en Internet, en http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=4707.

A esto le siguió un aluvión de reacciones desde todas las partes del mundo. Por supuesto que no es una muestra con rigor científico, pero no obstante, las tendencias pueden tener cierto interés. Abrumadoramente, las del “tercer mundo” fueron del tipo de “gracias por decir lo que pensamos”. Hubo otras similares procedentes de EEUU, pero muchas otras eran furiosas, casi histéricas con frecuencia, que apenas tenían relación con el contenido real de la carta que se publicó en Internet. Eso fue cierto en particular con algunas de las respuestas publicadas, en internet y en otros medios, sobre las cuales me han informado. He recibido algunas peticiones para comentar varias de éstas. Francamente me parecen superfluas; no obstante, si hay algún interés, encontraré algún momento para hacerlo.

La carta original termina con el siguiente comentario: “Hay mucho más que decir, pero incluso los hechos más obvios y elementales deberían darnos mucho que pensar”. Aquí llenaré algunas de las lagunas del original, dejando el resto sin cambios en todo lo esencial.

Noam Chomsky

 

El 1º de mayo de 2011 Osama bin Laden fue asesinado en su complejo residencial prácticamente sin protección, en una misión de asalto de 79 comandos de la unidad de élite para operaciones especiales de la Armada de Estados Unidos (Navy Seals), que entraron en helicóptero en Pakistán. Después de que el gobierno contara y desmintiera sucesivamente muchas historias escabrosas, los informes oficiales dejaron cada vez más claro que la operación fue un asesinato planificado, que violó numerosas normas elementales del derecho internacional, empezando por la invasión misma.
 
No parece que haya habido intento alguno de aprehender a la víctima desarmada, como presumiblemente pudieron haber hecho 79 comandos que no encontraron oposición – excepto, según informan ellos mismos, por parte de su esposa, también desarmada, a quien dispararon “en defensa propia” cuando ella se “abalanzó” sobre ellos (según la Casa Blanca).
 
Una plausible reconstrucción de los sucesos nos la ofrece el veterano corresponsal en el Oriente Medio Yochi Dreazen y sus colegas de The Atlantic (http://www.theatlantic.com/politics/archive/2011/05/goal-was-never-to-capture-bin-laden/238330/). Dreazen, antiguo corresponsal militar para el Wall Street Journal, es corresponsal principal del National Journal Group para el que cubre asuntos militares y de seguridad nacional. Según su investigación, los planes de la Casa Blanca no parecen haber considerado la opción de capturar a Osama bin Laden vivo: “El gobierno le había dejado claro a los militares del comando clandestino de Operaciones Especiales Conjuntas que querían a bin Laden muerto, según un alto funcionario de EEUU con conocimiento de las discusiones. Un militar de alto rango que informó del asalto dijo que el grupo comando sabía que su misión no era capturarlo vivo”.
 
Añaden los autores: “Para muchos del Pentágono y de la Agencia Central de Inteligencia que se habían pasado casi una década buscando a bin Laden, matar al combatiente era un acto de venganza justo y necesario”. Además, “Capturar a bin Laden vivo le habría traído al gobierno una serie de desafíos legales y políticos irritantes”. Por tanto, era mejor asesinarle, lanzar su cuerpo al mar sin una autopsia que se considera esencial después de un homicidio, ya sea éste justificado o no, un acto que predeciblemente provocó ira y escepticismo en buena parte del mundo musulmán.
 
Como señala The Atlantic, “la abierta decisión de matar a bin Laden ha sido el ejemplo más claro hasta la fecha de un aspecto poco señalado de la política anti-terrorista de Obama. El gobierno Bush capturó a miles de presuntos combatientes y los mandó a campos de concentración en Afganistán, Irak y la Bahía de Guantánamo. El gobierno Obama, en cambio, se ha centrado en eliminar terroristas de manera individual más que intentar capturarlos vivos”. Esa es una diferencia significativa entre Bush y Obama. Los autores citaron al ex-canciller de Alemania Occidental, Helmut Schmidt, quien “dijo a la televisión alemana que el asalto fue ‘una violación bastante clara del derecho internacional’ y que bin Laden debió ser detenido y llevado a juicio”, comparando a Schmidt con el Fiscal General de EEUU Eric Holder, quien “defendió la decisión de matar a bin Laden aunque no supusiera una amenaza inmediata para el grupo comando, diciéndole el martes al Comité de la Cámara de Representantes que el asalto había sido ‘legal, legítimo y apropiado en todos los sentidos’”.

Deshacerse del cadáver sin hacerle una autopsia también fue criticado por los aliados. El muy reputado abogado británico Geoffrey Robertson, que apoyó la intervención y se opuso a la ejecución en gran parte por cuestiones pragmáticas, describió sin embargo la aseveración de Obama de que “se había hecho justicia” como un “disparate” que debería ser obvio para un ex-profesor de derecho constitucional (http://www.thedailybeast.com/blogs-and-stories/2011-05-03/osama-bin-laden-death-why-he-should-have-been-captured-not-killed/). La ley de Paquistán “requiere una investigación judicial tras una muerte violenta, y la ley internacional en materia de derechos humanos insiste en que el ‘derecho a la vida’ exige una investigación siempre que una muerte violenta tenga lugar como consecuencia de acciones atribuibles al gobierno o a la policía. EEUU está por tanto en la obligación de realizar una investigación que satisfaga al mundo en cuanto a las verdaderas circunstancias de este homicidio”. Robertson añade que “La ley permite disparar a los criminales en defensa propia si ellos (o sus cómplices) se resisten a ser arrestados de manera que pongan en peligro a quienes se esfuerzan por aprehenderlos. De ser posible, se les debe dar la oportunidad de rendirse, pero incluso si no saliesen con las manos en alto, deben ser apresados vivos si se puede conseguir sin riesgo. Por lo tanto, la forma exacta en la que se ‘disparó a la cabeza’ de bin Laden (especialmente si se le disparó en la nuca, a modo de ejecución) requiere una explicación. ¿Por qué un precipitado ‘entierro en el mar’ sin una autopsia, como exige la ley?”
 
Robertson atribuye el asesinato a “la obsesiva creencia de Estados Unidos en la pena capital –única entre las naciones avanzadas- lo que se refleja en el regocijo por la manera en la que falleció bin Laden”. Por ejemplo, el columnista de The Nation Eric Alterman escribe que “matar a bin Laden fue una tarea justa y necesaria”.
 
Robertson en nos recuerda que “No siempre fue así. Cuando llegó el momento de considerar el destino de hombres mucho más impregnados de maldad que Osama bin Laden –por ejemplo los líderes nazis – el gobierno británico quería ahorcarlos a las seis horas de haberlos capturado. El Presidente Truman se opuso, citando el dictamen del magistrado Robert Jackson de que la ejecución sumaria ‘no caería bien en la conciencia estadounidense ni sería recordada con orgullo por nuestros hijos… el único camino es determinar la inocencia o culpabilidad del acusado tras una audiencia tan desapasionada como las circunstancias lo permitan y dejando un registro claro con nuestras razones y motivos’”.

Los redactores del Daily Beast comentan que “el alborozo es comprensible, pero para mucha gente de fuera, resulta poco atractivo. Aprueba lo que cada vez más parece un asesinato a sangre fría mientras la Casa Blanca se ve ahora forzada a admitir que Osama bin Laden estaba desarmado cuando recibió dos disparos en la cabeza”.

 


"Descansa en paz, Osama: te vamos a echar de menos"- Carlos Latuff

En sociedades que profesan un cierto respeto por la ley, a los sospechosos se les aprehende y se les lleva a un juicio justo. Subrayo “sospechosos”. En junio de 2002 el jefe del FBI, Robert Mueller, en lo que el Washington Post describió como “su comentario público más detallado sobre el origen de los ataques”, tan solo pudo decir que “los investigadores creen que los ataques del 11 de septiembre al World Trade Center y al Pentágono, venían de los líderes de al Qaeda en Afganistán, la verdadera conspiración se organizó en Alemania, y se financió a través de los Emiratos Árabes Unidos desde fuentes en Afganistán… Creemos que los autores intelectuales estaban en Afganistán, en la alta dirigencia de al Qaeda”. Lo que el FBI creía y pensaba en 2002 no lo sabía ocho meses antes, cuando Washington rechazó ofertas tentativas de los talibanes (cuán serias eran, no lo sabemos) para extraditar a bin Laden si se les presentaban pruebas. De manera que no es cierto, como afirmó el presidente Obama en su discurso de la Casa Blanca, que “Rápidamente nos enteramos de que los ataques del 11-S fueron obra de al Qaeda”.

Nunca ha habido razones para dudar de lo que el FBI creía a mediados de 2002, pero ello nos sitúa muy lejos de la prueba de culpabilidad que se exige en las sociedades civilizadas –y cualquiera que pudiera ser la prueba, no justifica el asesinato de un sospechoso que podría, parece ser, haber sido fácilmente aprehendido y llevado a juicio. Lo mismo se puede decir de las pruebas que se han presentado desde entonces. Así la Comisión del 11-S proporcionó una gran cantidad de pruebas circunstanciales del papel de bin Laden en el 11-S, basándose fundamentalmente en lo que los prisioneros de Guantánamo habían dicho en sus confesiones. Es dudoso que algo de esto se hubiera podido sostener ante un tribunal independiente, teniendo en cuenta las formas como se obtuvieron las confesiones. Pero en cualquier caso, las conclusiones de una investigación autorizada por el Congreso, por muy convincentes que uno las pueda encontrar, quedan muy por debajo de la sentencia de un tribunal creíble, que es lo que hace cambiar la categoría de un acusado de sospechoso a condenado. Se ha hablado mucho de la “confesión” de bin Laden, pero eso era una fanfarronería, no una confesión, con tanta credibilidad como mi “confesión” de que gané la maratón de Boston. La fanfarronería nos dice bastante de su carácter, pero nada sobre su responsabilidad por lo que él considera como un gran logro, cuyos puntos le gustaría apuntarse.

Y de nuevo, claramente todo esto es totalmente independiente del juicio que uno pueda tener sobre su responsabilidad, la cual parecía clara inmediatamente, incluso antes de la investigación del FBI, y todavía  lo parece.

Merece la pena añadir que la responsabilidad de bin Laden fue reconocida, y condenada, en buena parte del mundo musulmán. Un ejemplo significativo es el distinguido clérigo libanés jeque Fadlallah, por lo general muy respetado por los grupos de Hezbolá y Shia, fuera de Líbano también. Él también había sido objetivo de asesinato: de un camión bomba fuera de una mezquita, en una operación organizada por la CIA en 1985. Él escapó, pero otros 80 murieron, la mayoría mujeres y niñas, al salir de la mezquita –uno de esos innumerables crímenes que no entran en los anales del terror por culpa de la falacia del “organismo equivocado”. El jeque Fadlallah condenó con dureza los ataques del 11-S, como hicieron otros  líderes del mundo musulmán, incluso dentro del movimiento yihadista. Entre otros, el jefe de Hezbolá, Sayyid Hassan Nasrallah, condenó con dureza a bin Laden y la ideología yihadista.

Uno de los mayores especialistas en el movimiento yihadista, Fawaz Gerges, señala que por aquel entonces el movimiento se podría haber escindido y EEUU podría haber aprovechado esa oportunidad en vez de movilizar al movimiento, particularmente con el ataque a Irak, una gran bendición para bin Laden, que condujo a un fuerte incremento del terror, tal y como habían anticipado los organismos de inteligencia. Esta conclusión fue confirmada por la antigua jefa del organismo nacional de inteligencia británico, el MI5, en las audiencias de Chilcot que investigaban el trasfondo de la guerra. Confirmando otros análisis, ella testificó que ambos organismos de inteligencia, el británico y el estadounidense, eran conscientes de que Saddam no representaba una amenaza seria y que la invasión probablemente aumentaría los ataques terroristas, y que las invasiones a Irak y Afganistán habían radicalizado a partes de una generación de musulmanes que habían visto las acciones militares como un “ataque al islam”. Como suele ser el caso, la seguridad no fue una gran prioridad para tomar una acción de estado.

Podría ser instructivo preguntarnos como habríamos reaccionado si comandos iraquíes hubiesen aterrizado en el complejo residencial de George W. Bush, le hubiesen asesinado, y hubiesen lanzado su cuerpo al Atlántico (tras los oportunos ritos funerarios, por supuesto). Indiscutiblemente, él no es un “sospechoso”, sino el que decidió dar las ordenes de invadir Irak, -es decir, cometer “el supremo crimen internacional, que solo difiere de otros crímenes de guerra en que contiene en sí mismo el mal acumulado del conjunto” (citando al Tribunal de Núremberg) por el cual se ahorcó a los criminales nazis: en Irak, los cientos de miles de muertos, millones de refugiados, la destrucción de gran parte del país, y el encarnizado conflicto sectario que ahora se ha propagado al resto de la región. Tampoco cabe ninguna duda de que estos crímenes excedieron con creces cualquiera de las cosas que se le atribuyen a bin Laden.

Decir que todo esto está fuera de toda duda, que lo está, no implica que no se niegue. La existencia de gente que dice que la Tierra es plana no cambia el hecho de que, sin lugar a dudas, la Tierra no es plana. Similarmente, no hay duda de que Hitler y Stalin fueron responsables de crímenes horrendos, aunque sus partidarios lo nieguen. De nuevo, todo esto debería ser demasiado obvio para comentarlo, y lo sería, excepto en una atmósfera de histeria tan extrema que bloquea el pensamiento racional.

Del mismo modo, no hay duda de que Bush y sus socios cometieron el “supremo crimen internacional”, el crimen de agresión, al menos si nos tomamos en serio al Tribunal de Núremberg. El crimen de agresión fue definido con suficiente claridad por el juez Robert Jackson, fiscal jefe de los EEUU en Núremberg, y reiterado en una resolución oficial de la Asamblea General. Un “agresor”, propuso Jackson al tribunal en su discurso de apertura, es un estado que es el primero en cometer acciones como “invasión armada, mediando declaración de guerra o no, del territorio de otro Estado…” Nadie, ni siquiera el más extremo partidario de la agresión, niega que Bush y sus socios hayan hecho precisamente eso.

También haríamos bien en recordar las elocuentes palabras de Jackson en Núremberg sobre el principio de universalidad: "Si ciertas contravenciones de tratados constituyen delito, lo son tanto si lo hace EEUU como si lo hace Alemania, y no estamos preparados para crear una legislación penal que juzgue conductas delictivas de otros que no estemos dispuestos a invocar contra nosotros mismos”. Y en otra parte: “"No debemos olvidar que la vara con la que juzgamos hoy a estos acusados es la vara con la cual la historia nos juzgará mañana. Pasar a estos acusados un cáliz envenenado es poner este cáliz en nuestros propios labios”.

También está claro que las intenciones alegadas son irrelevantes. Los fascistas japoneses aparentemente creían que arrasando a China estaban trabajando para convertirla en un “paraíso terrenal”. No sabemos si Hitler creía estar defendiendo a Alemania del “terror salvaje” de los polacos, ni si se apoderó de Checoslovaquia para proteger a su población del conflicto étnico y otorgarles el beneficio de una cultura superior, o si estaba salvando la gloria de la civilización griega de los bárbaros del Este y del Oeste, como sus proclamaban acólitos (Martin Heidegger). Incluso es concebible que Bush y compañía creyesen que estaban protegiendo al mundo de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Todo eso es irrelevante, aunque fervientes partidarios de todos ellos puedan intentar convencerse a sí mismos de lo contrario.

Nos quedan dos opciones: o Bush y sus socios son culpables del “supremo crimen internacional” incluyendo todos los males que se desprenden del mismo, crímenes que van más allá de lo que se le atribuye a bin Laden; o si no, declaramos que los procesos de Núremberg fueron una farsa y que los aliados fueron culpables de un asesinato judicial. Y repito, esto es totalmente independiente de la cuestión sobre la culpabilidad de los acusados: ya sea la comprobada por el tribunal de Núremberg en el caso de los criminales nazis, o la presumiblemente asumida desde el principio en el caso de bin Laden.

Unos pocos días antes del asesinato de bin Laden, Orlando Bosh murió plácidamente en Florida, donde residía junto con su cómplice terrorista Luis Posada Carriles, y muchos otro más. Bosh, tras ser acusado por el FBI de docenas de crímenes terroristas, se le otorgó un perdón presidencial gracias a Bush y en contra de las objeciones del Departamento de Justicia, que llegó a la conclusión “inexorable de que sería perjudicial para el interés público de EEUU ofrecerle un refugio seguro a Bosh”. La coincidencia de las muertes en el tiempo nos trae a la memoria la doctrina de Bush II, que “ya se ha convertido en una regla de facto en las relaciones internacionales”, según el célebre especialista en relaciones internacionales de Harvard Graham Allison. La doctrina “revoca la soberanía de los estados que son un santuario para los terroristas”, escribe Allison, refiriéndose a la declaración de Bush II de que “quienes dan cobijo a los terroristas son tan culpables como los mismos terroristas”, dirigida a los talibanes. Por lo tanto, esos estados han perdido su soberanía y pueden convertirse en objetivo de bombardeos y actos de terrorismo; por ejemplo, el estado que le dio cobijo a Bosh y a su socio – por no mencionar otros candidatos más significativos. Cuando Bush soltó esa nueva “regla de facto de relaciones internacionales” nadie pareció darse cuenta de que estaba llamando a la invasión y destrucción de EEUU y asesinar a sus criminales presidentes.

Nada de esto es problemático, por supuesto, si rechazamos el principio de universalidad del juez Jackson, y adoptamos a cambio el principio de que EEUU se ha auto-inmunizado contra el derecho y las convenciones internacionales –algo que por cierto, el gobierno frecuentemente ya ha dejado muy claro, un hecho importante, que sin embargo ha sido muy poco comprendido.

También merece la pena recapacitar sobre el nombre dado a la operación: Operación Gerónimo. La mentalidad imperial está tan arraigada que pocos parecen capaces de percibir que la Casa Blanca está glorificando a bin Laden llamándole “Gerónimo” –el líder de la valerosa resistencia frente a los invasores que buscaban confinar a su pueblo al destino de “esa infortunada raza de norteamericanos nativos, a quienes estamos exterminando con tanta pérfida y despiadada crueldad, en uno de los atroces pecados de esta nación, por los cuales creo que Dios algún día nos pedirá cuentas”, según las palabras del gran estratega John Quincy Adams, el arquitecto intelectual del destino manifiesto, mucho después de que sus propias contribuciones a estos pecados habían quedado en el pasado. Algunos comprendieron, lo que no es sorprendente. Lo que quedó de esa infortunada raza protestó enérgicamente. La elección de los nombres es una reminiscencia de la facilidad con la que bautizamos nuestras armas asesinas según las víctimas de nuestros crímenes: Apache, Blackhawk, Tomahawk… Podríamos reaccionar de manera diferente si la Luftwaffe llamara a sus aviones de combate “Judío” o “Gitano”.

Los ejemplos mencionados caerían bajo la categoría del “excepcionalismo estadounidense”, si no fuera por el hecho de que la fácil supresión de los propios crímenes es algo prácticamente ubicuo entre los estados poderosos, al menos entre los que no son derrotados y forzados a reconocer la realidad. Otros ejemplos actuales son demasiado numerosos como para ser mencionados. Por citar sólo uno, de gran significancia en la actualidad, consideremos las armas de terror de Obama (aviones no tripulados) en Pakistán. Supongamos que durante los años 80, cuando estaban ocupando Afganistán, los rusos hubiesen llevado a cabo operaciones de asesinato en Pakistán contra quienes financiaban, armaban y entrenaban insurgentes –de manera bastante orgullosa y sin tapujos. Por ejemplo, contra el jefe de la base de la CIA en Islamabad, quien explicó que “amaba” el “noble propósito” de su misión: “matar soldados soviéticos… no liberar Afganistán”. No hay necesidad de imaginar la reacción, pero hay una diferencia crucial: entonces eran ellos, y ahora somos nosotros.

¿Cuáles son las consecuencias más probables de la muerte de bin Laden? Para el mundo árabe, significará probablemente poco. Su presencia se ha ido difuminando en el tiempo, y desde hace pocos meses fue eclipsado por la Primavera Árabe. Su significancia en el mundo árabe fue captada por el titular del New York Times en un artículo de opinión del especialista en Oriente Medio y al Qaeda Gilles Kepel: “Bin Laden ya estaba muerto”. Kepel escribe que a poca gente del mundo árabe le va a importar. Ese titular se podría haber sacado mucho antes, si EEUU no hubiera movilizado al movimiento yihadista con los ataques contra Afganistán e Irak, tal y como sugirieron los organismos  de inteligencia y los entendidos. En cuanto al movimiento yihadista, dentro del cual bin Laden era un símbolo dudosamente venerado, parece ser que no jugaba un papel mucho más importante que esta “red de redes”, como los analistas la llaman, que lleva la mayoría de sus operaciones de manera independiente.

Las consecuencias más inmediatas y significativas probablemente sucedan en Pakistán. Se habla mucho sobre el enojo de Washington por el hecho de que Pakistán no entregase a bin Laden. Mucho menos se habla sobre la furia en Pakistán por el hecho de que EEUU invadiera su territorio para cometer un asesinato político. El fervor anti-estadounidense ya había alcanzado cotas muy altas, y estos sucesos probablemente lo incrementen aún más.

Pakistán es el país más peligroso del mundo, y también el que ve crecer su poder nuclear a mayor velocidad, con un gigantesco arsenal. Y se mantiene unido por una institución estable, el ejército. Uno de los destacados especialistas en Pakistán y su ejército, Anatol Lieven, escribe que “si alguna vez EEUU pusiera a los soldados pakistaníes en una posición en la que ellos sintieran que es una cuestión de honor y patriotismo luchar contra EEUU, muchos lo harían muy gustosamente”. Y si Pakistán colapsara, un “resultado absolutamente inevitable sería el trasvase de un gran número de ex-soldados muy bien entrenados, incluyendo ingenieros y expertos en explosivos, hacia grupos extremistas”. La principal amenaza que él ve es la fuga de material fisible hacia manos yihadistas, una eventualidad horrenda.

El ejército paquistaní ya ha sido empujado hasta el límite por los ataques de EEUU a la soberanía paquistaní. Un factor son los ataques con aviones no tripulados en Pakistán, que Obama intensificó inmediatamente después de matar a bin Laden, arrojando sal en la herida. Pero hay más, incluyendo la exigencia de que el ejército paquistaní colabore en la guerra estadounidense contra los talibanes afganos, a la que una abrumadora mayoría de paquistaníes, incluido el ejército, consideran una guerra justa de resistencia contra un ejército invasor, según Lieven.

La operación bin Laden pudo haber sido la chispa que provocara una conflagración, con funestas consecuencias, particularmente si la fuerza invasora hubiera sido compelida a abrirse camino, como se anticipó. Quizás el asesinato fue percibido como un “acto de venganza”, como concluye Robertson. Cualquiera que fuera el motivo, difícilmente pudo haber sido la seguridad. Al igual que en el caso del “supremo crimen internacional” en Irak, el asesinato de bin Laden muestra que la seguridad usualmente no es una alta prioridad para una acción de estado, contrariamente a la doctrina comúnmente aceptada.

Hay mucho más que decir, pero incluso los hechos más obvios y elementales deberían darnos mucho que pensar.





Courtesy of Tlaxcala
Source: http://www.zcommunications.org/there-is-much-more-to-say-by-noam-chomsky
Publication date of original article: 20/05/2011
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=5395

 

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