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 31/10/2020 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 UMMA 
UMMA / Gadafi, retrato total: de enterrador de la causa nacional árabe a enterrador de su propio pueblo
Date of publication at Tlaxcala: 18/03/2011
Original: Libye: Kadhafi, portrait total - De fossoyeur de la cause nationale arabe à fossoyeur de son propre peuple

Gadafi, retrato total: de enterrador de la causa nacional árabe a enterrador de su propio pueblo

René Naba رينيه نبعة

Translated by  Caty R.
Edited by  TLAXCALA ΤΛΑΞΚΑΛΑ ТЛАКСКАЛА تلاكسكالا 特拉科斯卡拉

 

La revolución árabe de 2011

Zine el Abdine Ben Ali (Túnez) en enero, Hosni Mubarak (Egipto) en febrero, Muammar Gadafi en los idus de marzo…

Homenaje a la revolución del pueblo árabe, la primera revolución democrática del siglo XXI que se ha llevado a cabo, a diferencia de las de los pueblos de Europa del Este en la década de 1990, sin ayuda exterior, contra los opresores y los patrocinadores de los opresores, por articulación de la dialéctica del enemigo interior sobre el enemigo exterior.
 
Con una mención especial a los pueblos en lucha (Arabia Saudí, Bahréin, Jordania, Iraq, Yemen, Argelia, Marruecos, Somalia, Yibuti), cuya lucha marca el fracaso del dogma occidental y la derrota de la elite política y mediática occidental.
 
El anuncio del sábado 25 de febrero del ex ministro de Justicia libio Mustafá Abdel Jalil de la formación en Bengasi de un gobierno provisional representativo de todas las provincias del país y de sus sectores sociales y políticos para conducir la transición a la era pos-Gadafi, ha asestado el golpe de gracia a la legitimidad y representatividad del Guía de la Jamahiriya.
 
Al décimo día de los combates, marcados por la vinculación a las protestas de todos los supervivientes del «Grupo de los Oficiales Libres», que derrocó a la dinastía senussi en 1969; de casi todas las provincias y tribus del país; de amplios sectores de la administración civil; de las fuerzas armadas y de la seguridad, el ministro dimisionario ha insinuado la amenaza de un proceso en la Corte Penal Internacional contra el dirigente libio al afirmar que posee pruebas de la responsabilidad directa del coronel Gadafi en la destrucción del Boeing usamericano sobre la ciudad escocesa de Lockerbie.
 
Apuntalado por la guardia pretoriana del régimen, una milicia de 30.000 hombres dirigida por cuatro de sus hijos, Mou’tassem Bilal, Saadi, Khamis y Aníbal, respaldados por un dúo de ardientes colaboradores, el jefe de los servicios secretos Abdalá Senoussi, implicado en el atentado antifrancés de la UTA, sobre Ténéré, y el ministro de Asuntos Exteriores Moussa Koussa; abandonado por sus antiguos hermanos de armas, entre ellos el comandante en jefe del ejército, el comandante operacional de las fuerzas especiales y el ministro del Interior, el coronel Muammar Gadafi sufre los estertores de su largo mandato atrincherado en el cuartel de Al-Azizya, en Trípoli, que ha convertido en su lugar de residencia, sometido al asalto de su propio pueblo en una auténtica guerra de liberación popular contra su dictadura.
 

1. El enterrador de la causa nacional árabe

 
Decano de los jefes de Estado árabes desde el año 2000 y, paradójicamente, uno de los dirigentes árabes más jóvenes, Muammar Gadafi ha sido durante mucho tiempo el benjamín. Su longevidad, lejos de consolidar su madurez, ha acentuado su vanidad y ha acelerado el ritmo de sus arrebatos, antes juveniles y ahora seniles.
 
Su ascensión al poder en 1969, inmediatamente después de la traumática derrota de junio de 1967, en plena guerra de desgaste a lo largo del canal de Suez, tuvo el efecto de un seísmo estratégico. Al amputar al campo occidental dos importantes bases, una usamericano, la base aérea y de interceptación de las comunicaciones de Wheelus Air Field, en Trípoli, y la base inglesa de El Adem en Bengasi, encargada de formar y controlar a la policía libia, la guardia pretoriana del régimen monárquico, Gadafi despojó a la Alianza Atlántica de una amplia porción de la costa mediterránea oriental en beneficio del campo soviético.
 
De los tres golpes de Estado que sancionaron la derrota árabe de 1967 –el baasista de julio de 1968 en Iraq, el nasseriano de Sudán del general Gaafar al-Nimery en mayo de 1969 y el de Muammar Gadafi en septiembre de 1969, el cambio pro nasseriano de Libia tuvo el efecto devastador más permanente sobre el aparato occidental en el Mediterráneo oriental, puerto de la VI flota usamericana y puerto de la zona petrolera árabe, con las bases inglesas de Akrotiri y Dékhélia (Chipre), de Massirah (sultanato de Omán), así como la base naval del protectorado británico de Adén y la plataforma aeronaval usamericana de la isla de Diego García (USA) en el océano Índico.
 
Si la revolución de mayo de 1969 en Sudán amplió el campo de maniobra egipcio al convertir Sudán en la retaguardia estratégica de Egipto y en el punto de agrupación de la flota de bombarderos egipcios de largo alcance, el golpe de Estado de Gadafi amplificó la penetración sudanesa y, de paso, neutralizó los efectos de la pérdida del santuario nasseriano de Iraq. Al dotar a Egipto de las infraestructuras aeroportuarias militares anglousamericanas alimentadas por las gigantescas reservas petroleras libias atenuó un poco los efectos de la derrota de 1967, privando por añadidura a los occidentales de un puesto de observación e intervención en el flanco meridional del Mediterráneo. Pero aquella doble ventaja se transformó pronto en un inconveniente y la promesa de una nueva era de la lucha árabe se convirtió en una pesadilla debido a los extravíos del sudanés y a las deslealtades del libio.
 
Tras llegar al poder en 1969 a los 26 años gracias a un golpe de Estado, Muammar Gadafi se ha mantenido durante más de cuatro décadas como horizonte infranqueable de tres generaciones de libios, hasta el punto de que muchos creen en el país que la Jamahiriya (literalmente el gobierno de las masas) es propiedad del líder, como él mismo decretó hace treinta años, no del pueblo.
 
Gadafi es más fuerte que los wahabíes. La Arabia Saudita, único país árabe que lleva el nombre de su fundador y que de hecho es propiedad de la familia al-Saud, ha visto desde 1969 la sucesión de cuatro monarcas: Faisal, Khaled, Fahd y Abdalá. En cambio en Libia Gadafi se sucede a sí mismo.
 
Dirigente nacionalista árabe en 1969, estuvo a merced de los calificativos periodísticos de la prensa occidental, escasa de sensacionalismos pero no de imaginación: líder del «trotskismo musulmán», «revolucionario del tercermundismo», «sabio africano»… para acabar su mutación en trovador del sector capitalista financiero prousamericano. Pero por sus actuaciones y sus desmanes fue el mejor aliado objetivo de USA e Israel al haber contribuido a la eliminación física de sus aliados potenciales, los líderes del combate antimperial y antisraelí. Desde entonces nadie ha conseguido igualar su hazaña.
 
Consagrado por Nasser, el más popular de los dirigentes árabes de la época, que lo veía como un heredero, el impetuoso coronel hizo vibrar el corazón de las multitudes con su aspecto marcial y sus golpes de efecto: nacionalización de la industria petrolera; nacionalización de la gigantesca base usamericana de Wheelus Airfield, rebautizada con el nombre de «Okbah Ben Nafeh» en homenaje al gran conquistador árabe; nacionalización de la base inglesa de Adem, rebautizada base «Gamal Abdel Nasser». Trípoli estaba lleno de huéspedes que llegaban a bordo de los ferris para festejar los acontecimientos. No había un mes sin que un festival, un coloquio, una conferencia de los indios de América o una manifestación de los musulmanes de la isla filipina de Mindanao dieran lugar a regocijos. Beirut y Argel servían de plataforma operativa a los movimientos de liberación del Tercer Mundo y Trípoli era una feria perpetua. La euforia duró tres años, hasta 1971. A partir de entonces, cada año fue trayendo su cuota de desolación, como el secuestro de un avión comercial inglés para entregar a Sudán a los dirigentes comunistas, decapitados a continuación en Jartum; la misteriosa desaparición del jefe del movimiento chií libanés Moussa Sadr o el resuelto apoyo al presidente sudanés Gaafar al-Nimeiry, a pesar de que fue uno de los artífices de la transferencia a Israel de varios miles de judíos etíopes «falashas».
 
Sobrevino entonces el desajuste entre el mito y la realidad. Pero Gadafi, con la ayuda de su entorno, que se encargaba de ocultárselo, siguió convencido de que estaba en sintonía con las masas y, como un saltimbanqui, se entregaba periódicamente a ejercicios de equilibrismo ante un público cada vez más escéptico y menos receptivo.

Repaso del sombrío balance de quien fue el emblema de la unidad árabe antes de convertirse en un aliado objetivo de USA e Israel

En 42 años de poder errático, el trovador de la unidad árabe ha sido uno de los enterradores del nacionalismo árabe, el artificiero por excelencia de las actuaciones usamericanas en el entorno árabe, el mejor aliado objetivo de Israel y el enterrador de su pueblo.
 
Tras derrocar a la dinastía senussi, primera consecuencia directa de la derrota árabe de 1967, el presunto heredero de Nasser sería propulsado al firmamento político durante su nacionalización de las instalaciones petroleras anglosajonas y de la gigantesca base aérea de Wheelus Air Field, en junio de 1970. Pero, al mismo tiempo, el flamante relevo se dedicó con fogosidad a dilapidar con tesón el capital de simpatía que había ganado de forma espontánea y a debilitar su propio campo.
 
Eterno segundón de la política árabe reducido a un papel de apoyo, Muammar Gadafi, embriagado por sueños de grandeza pero sujeto a un movimiento pendular, nunca ha dejado de oscilar entre los dos polos del mundo árabe, el levante (Mashreq) y el poniente (Magreb), sacándose de la manga todo tipo de uniones –confederación, federación, fusión-, una tras otra, con los Estados del valle del Nilo (Egipto-Sudán) en 1970; con las burocracias militares pro soviéticas (Egipto, Siria, Libia, Sudán) en 1971; después sólo con Egipto antes de dar un giro hacia el Magreb, con Túnez (1980) y luego Argelia… para finalmente dirigir su mirada a África, donde se aplicó desde principios de este siglo a sentar las bases de un Estado transcontinental.
 
A pesar de sus impulsos, pulsiones y compulsiones, el fogoso coronel nunca ha disparado un solo tiro contra sus enemigos declarados, Israel y USA. Lo más trágico es que en su sombrío tablero de caza si apuntó a algunas de las figuras más emblemáticas del movimiento contestatario árabe, al carismático líder del Partido Comunista de Sudán Abdel Khaleq Mhjub en 1971, así como al jefe espiritual de la comunidad chií libanesa, el imán Moussa Sadr en 1978. [1]
 
La desaparición del carismático líder de los chiíes libaneses, una comunidad olvidada durante mucho tiempo por los poderes públicos de Líbano que se encontraba entonces en plena fase de renacimiento tres años después del comienzo de la guerra civil libanesa, por añadidura en plena ascensión de poder de la Revolución Islámica iraní, condujo a una radicalización de los chiíes libaneses y, después de numerosas escisiones, a la creación del movimiento Hezbolá.
 
Otras víctimas célebres de las infamias libias fueron Mansur Kikhiya, ex ministro de Asuntos Exteriores de Libia y distinguido militante de los derechos humanos que «desapareció» en diciembre de 1993 en El Cairo, donde se le vio por última vez, así como Jaballah Matar e Izzat Yussef al-Maqrif, dos personalidades de la oposición libia «desaparecidas» también en El Cairo en marzo de 1990.
 
El extravagante coronel ordenó un día que afeitasen la cabeza a Ibrahim Bachari, ex jefe de los servicios de inteligencia, culpable de haber disgustado al Guía, y lo degradó a la categoría de intendente de guardia en una garita delante del palacio presidencial. Bachari encontraría la muerte tiempo después, a la manera del general Ahmad Dlimi, su compadre marroquí, en un accidente de tráfico.
 
Otra víctima célebre fue Daif al-Ghazal, periodista del diario gubernamental al-Zahf al-Akhdar (La marcha verde) y después del periódico en línea Libye al-Yom (Libia hoy), asesinado por denunciar la «corrupción y el nepotismo» del coronel Gadafi. Su cadáver mutilado, en particular los dedos de la mano que sostenían su pluma, se encontró el 1 de junio de 2005 en la región de Bengasi (noreste de Libia) el mismo día del asesinato en Beirut de Samir Kassir. Pero –misterios del periodismo sensacionalista–, mientras que el asesinato del periodista franco-libanés del diario de Beirut al-Nahar fue objeto de una legítima condena unánime y de no menos legítimas conmemoraciones regulares, el del libio permaneció en el anonimato más absoluto.
 
El intento de golpe de Estado de 1984 desató una auténtica cacería de opositores de todas las tendencias. Con todo lujo de refinamiento, para reprimir el intento del golpe de Estado dirigido el 8 de mayo de 1984 contra su residencia, el cuartel militar de Bab al-Azizyah, el coronel Gadafi emitió un permiso de asesinato legal a los «Congresos Populares de Base», la instancia suprema del poder en ese país.
 
A raíz de la votación de esa moción el 13 de mayo de 1984, que autorizaba la constitución de «unidades suicidas» para «liquidar a los enemigos de la revolución en el extranjero», dos residentes libios –Osama Challuf e Ibrahim al-Galalia– presentados como miembros de la organización integrista de los «Hermanos Musulmanes» y «agentes de la CIA», la inteligencia usamericana, fueron ejecutados el 17 de mayo.
 
En 1979 se había votado una moción idéntica contra los disidentes libios que residían en el extranjero y nueve de ellos fueron asesinados entre febrero de 1980 y octubre de 1981, en Atenas, Beirut, Londres y Roma en particular. También se han imputado a Libia tres atentados especialmente mortíferos, el primero contra la sala de fiestas de Berlín «La Belle» y otros dos contra aviones de línea occidentales.
 
También tiene en su haber, en detrimento de la causa que supuestamente promovía, el derribo de dos aviones comerciales, uno de la compañía usamericana Panam en Lockerbie (Escocia) en 1988, otro de la compañía francesa UTA sobre el desierto del Chad y un atentando contra una discoteca en Berlín. En los atentados de Panam el 21 de diciembre de 1988, y de UTA el 19 de septiembre de 1989, murieron un total de 440 personas, 270 en Lockerbie y 170 en África.
 
Su palmarés en la materia, sin duda uno de los más impresionantes del mundo, es comparable a los de los tiranos más temibles del planeta. En una cacería sin cuartel también persiguió a las figuras emblemáticas del chiísmo, el comunismo o el liberalismo y su responsabilidad es especial, aunque no exclusiva, en la ausencia de pluralismo en el mundo árabe.
 
El episodio de las seis enfermeras búlgaras y del médico de origen palestino –encarcelados como «moneda de cambio» durante ocho años en Libia y torturados por su presunta responsabilidad en la inoculación del virus del sida a los jóvenes libios– permanece en la memoria para quien necesite recordarlo.
 
El entusiasmo occidental por Libia no podía ocultar los singulares métodos del dirigente libio, cuyas fechorías pasadas lo convierten en candidato, según los criterios vigentes, a acusado ante la Corte Penal Internacional. En efecto, el coronel es un acérrimo del efecto sorpresa y de los procedimientos tortuosos, como cuando organizó un desplazamiento al extranjero del viejo rey Idriss I para dar un golpe de Estado el 1 de septiembre de 1969 y tomar el poder.
 
Durante sus 42 años de poder ha puesto en práctica el mismo método contra sus opositores y ha incluido en su plan de caza a prestigiosas personalidades árabes con total impunidad.
 
A la vista de este balance, los planteamientos de la comunidad internacional para llevar ante la justicia internacional a los autores del atentado del 15 de febrero de 2005 contra el ex primer ministro libanés Rafic Hariri parecen si no ridículos, al menos anacrónicos o, en todo caso, marcados con el sello de la parcialidad y la doble moral.
 
El líder del «Grupo de los oficiales libres» de Libia, así llamados por afinidad a sus hermanos mayores egipcios, hizo causa común con los británicos, a pesar de su declarada aversión por sus antiguos colonizadores y, desafiando las normas internacionales de la navegación aérea y saltándose todas las leyes del derecho de asilo, ordenó en julio de 1971 el desvío de un avión de línea de la BOAC (British Overseas Airways Corporation) para entregar a su vecino sudanés a los cada vez más vigorosos comunistas, en especial al coronel Hachem al-Attah, uno de los más destacados representantes de la nueva generación de jóvenes oficiales árabes, lo cual contribuyó a decapitar al mayor partido comunista árabe.
 
Los remordimientos que farfulló en 1976 a propósito de aquella traición no le impidieron reincidir dos años después contra el imán Moussa Sadr, que desapareció misteriosamente en 1978 en el paroxismo de la guerra de Líbano. El torturador sudanés y su cómplice libio se desacreditaron a continuación al supervisar el primer puente aéreo de etíopes de confesión judía dirigido hacia Israel. La operación, celebrada por la prensa occidental como un acto de valentía a raíz de la doble decapitación del mayor partido comunista del mundo árabe y del primer movimiento militante chií (Amal), afectó en permanencia la capacidad combativa del campo progresista y fortaleció demográficamente a Israel con la aportación de 80.000 judíos etíopes.
 
Gadafi ha hecho las delicias de la prensa occidental, encantada con esta bicoca mediática. Pero su descaro suscitó impulsos asesinos en amplios sectores del mundo árabe. En 1982, con Beirut bajo el asedio, con Yaser Arafat desalentado bajo el bombardeo de la aviación israelí frente a un inmovilismo árabe casi general, al hombre de Trípoli –confortablemente repantingado en Azizah, el cuartel militar convertido en residencia oficial a miles de kilómetros del cercenado campo libanés en ruinas–, en vez de forzar el bloqueo israelí para ir en auxilio del líder palestino, en vez de callarse, no se le ocurrió aconsejarle el «martirio», la sublimación simbólica de la muerte en combate, sino el suicidio, con lo cual infligió una prueba más al mártir palestino.
 
Cuatro años después, en abril de 1986, escondido una semana en su refugio de Trípoli desde el primer disparo de advertencia de la aviación usamericana, Gadafi orquestó, sin miedo al ridículo, una campaña mediática dirigida a elevar a Trípoli a la categoría de «Hanoi de los árabes», ocultando así el singular combate de los beirutíes durante los sesenta días de asedio israelí, con lo cual se ganó el sarcasmo de los corresponsales de guerra más informados de la realidad sobre el terreno.
 
Gadafi también ha hecho ricos a los mercaderes de armas y ha arruinado a su país. El impresionante arsenal militar del que se había dotado a partir de 1970 mediante compras masivas de armas a Francia –cuyo contrato del siglo consistió en la entrega de 75 aviones de combate Mirage a cambio de unos 15.000 millones de francos de la época (alrededor de 2.300 millones de euros)– quedó convertido en chatarra en 18 a manos de la propia Francia por las repercusiones de los reveses en El Chad en 1985 y 1986, especialmente en Wadi Doum y Faya Largeau.
 
Sin plantearse las consecuencias trágicas de su decisión, Gadafi ordenó la expulsión de 200.000 trabajadores egipcios a principios de los años ochenta para castigar al equipo solitario del presidente Anuar el-Sadat en sus negociaciones de paz con Israel. Cinco años después, en 1984, ordenó la expulsión de casi un millón de trabadores subsaharianos para castigar las reticencias de los dirigentes africanos con respecto a su activismo belicista.
 
Nadie en su entorno se ha atrevido a insinuarle que el paladín de la Unión Africana no podía ser creíble al ordenar la expulsión de casi un millón de africanos, que el paladín de la Unidad Árabe no podía pretender que lo escucharan después de decapitar a los líderes del campo antiimperialista.

2. Un teórico de pacotilla sobre fondo de extravagancias familiares

Mediocre estratega, mediocre táctico y altamente nocivo, el coronel acabó por perder definitivamente la simpatía de sus aliados naturales. Sólo debe su supervivencia a la protección de la Unión Soviética, que pensaba compensar con Libia la deserción del Egipto posterior a Nasser, a la vigilancia de los servicios de inteligencia de Alemania del Este, que desbarataron numerosos intentos de golpes de Estado fomentados contra él, y a los aviadores norcoreanos y sirios que aseguraron permanentemente la protección de su espacio aéreo.
 
La guerra verbal es la única guerra que ha llevado a cabo. El coronel ha desarrollado una fraseología escandalosamente polémica para acreditar la idea de que estaba a la vanguardia de la lucha contra «el imperialismo usamericano» y conseguir así que se olvidaran sus anteriores conexiones anglosajonas. Gadafi y sus medios de comunicación hacen uso de una terminología hasta tal punto histriónica que a veces la población apenas puede descifrarla.
 
Una cumbre que celebraron Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los años ochenta se calificó como un encuentro entre «el perro rabioso de Israel y la asesina de niños», en alusión al ataque usamericano a Trípoli en abril de 1986 durante el cual murió la hija adoptiva del coronel. El Cairo, que en árabe significa «la victoriosa», quedó designada a la inversa como «la vencida» y el movimiento chií Amal, que en árabe significa «la esperanza», pasó a ser «la desesperación». La «Casa Blanca» se convirtió en la «Casa Negra», el Reino Unido en «el portaaviones inamovible de los usamericanos» en alusión a la autorización concedida a los aparatos de USA para despegar de las bases británicas durante el ataque a Libia. El presidente Egipcio Hosni Mubarak era, por juego de palabras, «el arrollado» (al-Barek); el rey Hussein de Jordania quedó convertido en «el traidor» y el presidente de Chad, Hissene Habre, enfrentado a Libia, «el corrupto».
 
En un alarde de cultura, el «Guía supremo de la revolución libia» editó su Libro Verde, un resumen de teorías contradictorias recabadas de las ideas en boga, que se presentaba como una especie de «Tercera teoría universal». Ofrecida graciosa y obligatoriamente a todas las personas que pasaban por Libia o se relacionaban con ese país, la obra se proponía instaurar un socialismo sin socialistas, una democracia sin demócratas y un poder popular sin pueblo. La «populocracia Jamahiriya» que Gadafi llevó a cabo elevó la burocracia a sistema de gobierno y el parasitismo a norma de vida.
 
Un bloqueo draconiano de diez años (1992-2002) puso a prueba su resistencia. Gadafi entregó a la justicia internacional a su colaborador más cercano como chivo expiatorio del atentado de Lockerbie antes de pasar él mismo por el aro usamericano, encantado de librarse de la funesta suerte del iraquí Sadam Husein.
 
En 1995, obsesionado por una idea que consideraba «genial», envió a un grupo de libios en peregrinación a la mezquita al-Aqsa en Jerusalén, el tercer lugar santo del islam, imaginando que con ese golpe de efecto rompería el bloqueo que castigaba a Libia desde hacía tres años. Pero aquella rocambolesca peregrinación desembocó al final en un aval a la soberanía israelí sobre la Ciudad Santa y en un reforzamiento del Estado hebreo en su papel de guardián de los Lugares Santos.
 
En diciembre de 2003, en una operación que tuvo visos de rendición incondicional, Gadafi se abandonó a los usamericanos y entregó sin ninguna resistencia todo su programa nuclear al gobierno neoconservador del presidente George Bush hijo, al tiempo que desveló todo un sector de la cooperación de los países árabes y musulmanes (Pakistán, Irán y Siria) en el ámbito de la tecnología nuclear.
 
Sadat puso la excusa de la paz en su escapada solitaria. Gadafi, su propia supervivencia. Dos años después de rendirse sin condiciones al orden usamericano, el coronel Gadafi, fiel a sí mismo, trató a palestinos e israelíes de «idiotas», en la cumbre árabe de Argel del 22 de marzo de 2005, por no haber construido una federación «Isratina», neologismo formado por la contracción de Israel y Palestina, con lo cual borró de un plumazo cincuenta años de lucha del pueblo palestino por evitar la negación de su identidad nacional.
 
En lo más álgido de la exasperación nacionalista en Iraq y en Palestina, mientras el primer ministro israelí Ariel Sharon se entregaba con total impunidad a asesinatos extrajudiciales dirigidos por helicópteros, de los dirigentes islamistas jeque Ahmad Yacine y Abdel Aziz al-Rantissi; mientras Yasser Arafat, el jefe de la Autoridad Palestina elegido democráticamente, estaba confinado en encierro domiciliario desde hacía tres años en Ramala y la opinión mundial quedaba estupefacta ante las revelaciones de las torturas de la prisión iraquí de Abu Ghraib, el libio, tragándose la vergüenza, justificó su rendición en términos que sonaron como una deserción. «USA nunca ha sido enemigo de Libia, sancionada por su solidaridad con Yaser Arafat y las causas del Tercer Mundo (…) Arafat se enfrenta a los usamericanos y su primer ministro se saluda con su homólogo israelí (…) Los libios deben alinearse al lado de USA», afirmó contra toda evidencia en Syrte ante una asamblea impasible y molesta por tantas deserciones.

Las extravagancias de su descendencia

¿Amaneramiento experimentado? ¿Afirmación del narcisismo? Este revolucionario ha vivido en la opulencia a bordo de automóviles rutilantes, con amazonas de leyenda, una retahíla de jóvenes hermosas como guardaespaldas, un sastre italiano de alta costura dedicado a su augusta persona; y sus hijos Saif al-Islam y, sobre todo, el pequeño, Aníbal, en un lujo escandaloso, saltando con regularidad a la crónica mundana de las capitales occidentales.
 
La descendencia de Gadafi, siete miembros con personalidades singularmente contrastadas, presenta una particularidad propia de la familia: tres de los hijos del coronel, entre ellos el deportista Saadi Moutassem Billah (alias Aníbal) y Khamis, sirven en el ejército libio con el grado de coronel, el grado de su papá; un grado infranqueable por un curioso fenómeno de atavismo.
 
Un cable de WikiLeaks de 2006 ya reveló que todos los hijos de Gadafi y sus próximos pillaban grandes rentas de la Compañía Nacional del Petróleo y de las demás filiales petroleras, especialmente el sector del gas y las actividades relacionadas, el de las infraestructuras, el hotelero, los medios de comunicación y la distribución.
 
1. El primogénito, Mohamed (39 años): Hijo del primer matrimonio del coronel, es el artífice de la implantación de «Alcatel» en Libia por medio de la sociedad privada que preside, la Libyana Mobile Phone, gracias a una transacción que le permitió embolsarse 330 millones de dólares. Este discreto ingeniero preside la «Asociación Mediterránea de Ajedrez».
 
2. Saif al-Islam (nacido en 1972): «El sable del islam», es el primer hijo del coronel Gadafi con su segunda esposa, Safia Farkash, una mujer croata. Primogénito de los otros seis hijos del coronel, se considera heredero del trono de esta república dinástica. Arquitecto, pintor y playboy diletante a ratos perdidos, es el parangón de la modernización de Libia. El «Sable» ha desempeñado un papel clave en la regulación de todos los contenciosos, en especial en los que derivaron de los atentados terroristas financiados por Trípoli desde la década de los ochenta. En Francia es conocido sobre todo por su papel en la liberación de las enfermeras búlgaras en 2007 y por las indemnizaciones a las familias de las víctimas del atentado de Lockerbie y el del DC-10 de la compañía francesa UTA, derribado cuando sobrevolaba el desierto de Ténéré en 1988. Dos atentados que constituían el principal obstáculo para la normalización de las relaciones entre Libia, USA y Europa.
 
En la presidencia de la «Fundación Gadafi», organización caritativa no gubernamental, Saif despliega sus cualidades de negociador al servicio de una auténtica diplomacia paralela que utiliza el dinero de los hidrocarburos para engatusar a los occidentales a golpe de contratos de armamento. [2] Su política de apertura ha permitido que regresen a Libia grandes compañías petroleras como la usamericana Exxon Mobil, BP y ENI. A lo largo de esos múltiples «buenos oficios», el presunto heredero ha conseguido que se olvide la imagen del playboy que viajaba acompañado por sus dos panteras cuando estudiaba en Viena. Después de estudiar arquitectura en Trípoli y de que le prohibieran entrar en París en los años noventa, continuó sus estudios en la International Business School de Viena (Austria) donde se relacionó amistosamente con el líder populista de la ultraderecha Jörg Haider.
 
Debido a la necesidad de que Libia se integrase en la globalización, los periódicos occidentales adosados a los conglomerados del armamento y las obras públicas limaron la parte contundente y escandalosa de su nombre para designarlo, más escuetamente con el de Saif, amputando la parte sustancial de su nombre, la que constituía con respecto a su padre la fase conquistadora y revolucionaria de su programa a la que dicho nombre alude. Parece ser que el heredero que se preparaba para la sucesión pagó a la cantante Mariah Carey la suma de un millón de dólares (728.000 euros) para que fuese a cantarle cuatro de sus éxitos a la isla de San Bartolomé, en el mar Caribe. Deseoso, sin embargo, de obtener un barniz de respetabilidad, este propietario de una suntuosa casa en Londres consiguió un diploma en la prestigiosa London School of Economics (LSE) basándose en una tesis presentada en 2008 sobre el tema «El papel de la sociedad civil en el proceso de democratización», una distinción universitaria acompañada de una donación de 1,5 millones de libras esterlinas de su fundación a la institución londinense para crear un Centro de Estudios para la Democracia. Al juzgar que la represión practicada en Libia en febrero de 2011 no correspondía a las enseñanzas que le inculcó la LSE, ésta ha reconsiderado el conjunto de sus relaciones con Libia y ha renunciado a las subvenciones.[3]
 
3. Saadi (37 años): El futbolista fantasioso, presidente del comité olímpico de su país, alcanzó fama internacional por haber provocado un tiroteo mortal en un estado de fútbol en Trípoli. Miembro del equipo de Perugia (Italia), su carrera internacional como jugador ha sido una de las más cortas de la historia del fútbol. A pesar del patrocinio de su padre el club nunca lo seleccionó y en 2003 fue condenado por dopaje. Accionista del club italiano de fútbol Juventus, en la actualidad dirige una unidad de elite del ejército, desde la que trabajaba presionando en los asuntos comerciales antes de que lo enviasen a Bengasi al principio de los motines para sofocar la rebelión. Todo fue en vano. Saadi pasará a la posteridad como el «goleador del milenio» gracias a un partido patrocinado el 31 de diciembre de 2000 a las 23:00 h. para permitirle marcar un gol con ocasión del paso al nuevo milenio. Su compañera en la vida no es otra que Vanessa Hessler, modelo italiana de la agencia Alice que hace la publicidad de la firma ADSL.
 
4. Khamis, formado en Rusia, dirige una brigada especial encargada de la seguridad de su padre. Es el punto de equilibrio e interposición de la competición entre clanes, entre Saif al-Islam Gadafi (el reformador) y Mutassam Billah, Consejero de la Seguridad Nacional, enfrentados en una gran rivalidad por el poder en la sucesión del padre. Khamis, el hombre de las misiones difíciles, sería el encargado de conseguir la neutralidad de los países occidentales en la guerra civil larvada que estraga Libia desde el 17 de febrero.
 
5. Mutassam Billah (34 años), literalmente «abrazado a Dios». El que escogió como seudónimo Aníbal lleva un nombre prestigioso asociado a la epopeya de Cartago. Médico y militar de formación, este coronel del ejército libio presidió hasta 2007 el Consejo Nacional de Seguridad, antes de que lo retirasen tras las reestructuraciones familiares. Después se lo reintegró como consejero. Partidario de una política dura, se considera que controla, por cuenta de su padre, las redes de influencia y los grupos de presión en Libia. Fue el artífice del último apaciguamiento entre Libia y el Egipto de Hosni Mubarak.
 
Antepenúltimo de los cinco descendientes varones de la familia Gadafi, se caracteriza por su comportamiento abusivo y sus excesos verbales y aparece como la burda imitación de un títere de una opereta repetitiva. Aventurero y asiduo de los medios informativos de variedades, en 2004, tras una noche de escándalos y locuras, confundió la avenida de los Campos Elíseos con un circuito automovilístico de Fórmula 1 y se lanzó en tromba a 140 kilómetros por hora. Reincidente en 2005, atropelló a su compañera libanesa de entonces, que estaba embarazada. En 2006, su nombre apareció en una red de prostitución de lujo que operaba en Cannes (sur de Francia).
 
En 2008, encargado de la intendencia, tuvo la ingeniosa idea de pedir a Suiza relojes Chopard para agasajar a los huéspedes VIP invitados a la conmemoración del régimen. En uno de sus habituales ataques de furia golpeó a dos empleados de su hotel, lo que dio lugar a que la policía suiza lo detuviese y a la subsiguiente crisis diplomática entre Suiza y Libia. Un año y medio después de su detención en Ginebra, el hijo pródigo del coronel Gadafi hizo otra vez de las suyas. De vacaciones en Londres por Navidad, Aníbal provocó la intervención de la policía por haber golpeado a su esposa.
 
Despilfarrador y juerguista, montó un escándalo en 2009 en la isla de San Bartolomé durante una noche de fiesta en presencia de Jay-z y Beyoncé. También se cree que exigió a su progenitor la astronómica suma de 1.800 millones de dólares (1.300 millones de euros) para constituir «una milicia propia» como la que disfrutaban sus hermanos. Su hermano Khamis, conocedor de su petición, se encargó de satisfacer el capricho ofreciéndole la posibilidad de «dirigir un grupo de fuerzas especiales que serviría de unidad protectora del régimen». Aníbal también entretuvo a los turistas europeos un par de veranos, en 2008 y 2009, llegando incluso a provocar una crisis diplomática entre Suiza y Libia mientras a finales de agosto su padre recibía una citación para comparecer ante la justicia libanesa por su complicidad en la desaparición del líder espiritual chií libanés, el imán Moussa Sadr.
 
Basando su poder en la transgresión, el alcohol, el sexo y la violencia, aprovechando el encanto de un físico agraciado, Aníbal es víctima de la contradicción de su padre, quien proclama sin cesar su voluntad de revolucionar las costumbres árabes y, al mismo tiempo, es incapaz de dar una verdadera educación a sus hijos, de lo que Aníbal es la mejor demostración, al contrario que Saif al-Islam, que se abstiene de extravagancias a luz del día. Después de cada una de sus tropelías, Aníbal se refugia en la inmunidad diplomática que le confiere su estatus de «hijo de papá» para dotarse de impunidad, usando y abusando de su posición en una patética y caricaturesca deriva del poder libio, que se reivindica como una «populocracia» (gobierno de las masas) pero que se muestra como una de las mayores supercherías políticas de la historia árabe contemporánea.
 
6. Saif al-Arab, licenciado por la Universidad de Munich y amante de la velocidad, tuvo problemas con la policía alemana que le confiscó su Ferrari por exceso de velocidad y conducción peligrosa.
 
7. Aicha. Única hija de Gadafi, es la presidenta de la fundación caritativa «Waatassimu», en alusión a las primera palabras de un versículo del Corán que estipula «Abraza la fe en Dios y no te distraigas». Su actividad altruista camufla mal las numerosas adquisiciones concedidas por su padre en «los sectores de la energía y de la construcción, así como los intereses financieros en la clínica privada de Saint James en Trípoli».
 
Flamante abogada, participó en el comité de apoyo de la defensa del ex presidente iraquí Sadam Husein. Licenciada por la Universidad París VII (René Descartes) y autora de una tesis sobre el Tercer Mundo dirigida por el profesor Edmond Jouve, la benjamina de la familia ambicionaba un papel de primera fila en su país jugando la carta del feminismo y la modernidad. Ataviada con pantalones vaqueros y gafas negras, la prensa internacional presenta a esta rubia teñida, según los rumores de sus actividades, unas veces como la «Claudia Schiffer de Libia» y otras como «Loana», una famosa participante de un «reality» de la televisión francesa, sin que se pueda concluir si sus extravagancias constituyen una ventaja o un obstáculo en una sociedad mayoritariamente de extracción beduina.
 
La última y octava hija de la familia Gadafi era Hana («dulce serenidad»), hija adoptiva del coronel que murió en el ataque usamericano contra Trípoli en 1986.

3. De enterrador de la causa nacional árabe a enterrador de su propio pueblo

El enterrador de su pueblo o la Revolución como coartada

Objeto de un intento de reflotación por parte de los países occidentales, debido al fabuloso mercado que representa su país y al posible papel de gendarme que está destinado a desempeñar a las puertas de Europa contra la emigración clandestina africana, el «Guía de la Revolución», visto desde la orilla sur del Mediterráneo, es un hombre que no inspira buenos sentimientos ni bellos recuerdos.
 
País desconocido, durante mucho tiempo al margen de la comunidad internacional, dirigido por un hombre que desde hace mucho tiempo ha perturbado el inconsciente colectivo con sus extravagancias, Libia hizo su gran retorno si no en el escenario internacional por lo menos en el mediático con la permanencia de las contorsiones que le dieron su reputación y dañaron al mundo árabe. Hasta el punto de acusarle de utilizar «la coartada como revolución», los oficiales libios se han convertido en maestros en el arte de machacar la realidad, de tergiversar la realidad con el único objetivo de exonerarse de todo este desastre.

A. La rendición al orden israelo-usamericano

Seis años después del ataque usamericano a Trípoli y Bengasi, la ONU impuso un embargo a Libia, en abril de 1992, por exigencia de USA, que esperó al final de la guerra contra Iraq (1990-1991) para activar la maquinaria diplomática internacional con el fin de volver a la carga contra el coronel Muammar Gadafi, considerado entonces como un líder revolucionario en el Tercer Mundo y patrocinador de atentados de tipo terrorista. Durante siete años (del 12 de abril de 1992 al 11 de diciembre de 1999), la Jamahiriya vivió en una autarquía económica y una reclusión mediática, ausente en el zapping televisivo de la época en todo el mundo. El gran alborotador ya no hacía caja por falta de recursos y fórmulas mágicas para divertir a la galería. Agobiado y descolorido, Gadafi erraba de campamento en campamento en su gran desierto libio, súbitamente abandonado por la cohorte de sátrapas que ya no podían obtener prebendas.
 
No era fácil llegar a Libia, se había convertido en un acceso difícil. Las doce horas de carretera desde Djerba (Túnez), aunque fuese en una limusina climatizada e incluso por una carretera asfaltada, podían disuadir a los viajeros más resistentes. Trípoli es una de las ciudades menos atractivas del Mediterráneo y el discurso libio de una pobreza soporífera. Y, además, ni Libia era el Imperio del Medio ni Gadafi el ombligo del mundo, cuyo centro de gravedad se había desplazado, desde principios de la década de los ochenta hacia el Asia occidental, la zona de Afganistán-Iraq, el otro punto de resistencia del campo antioccidental.
 
Iraq, fortalecido por su hazaña de haber contenido a la revolución chií de Jomeini durante diez años (1979-1989) en el campo de batalla iraquí-iraní, en la guerra convencional más larga de la historia moderna, codiciaba Kuwait como botín de guerra para reflotar su debilitada tesorería. Una «tormenta del desierto» enviada por USA pulverizó sus sueños y sus proyectos, devolvió a Iraq casi al Neolítico, al margen de la historia, y redujo a Sadam Husein, el Nabucodonosor de los tiempos modernos, a la categoría de simple mercenario de las petromonarquías del Golfo. Una constatación tanto más amarga en cuanto que la tormenta destructora arrasó todo a su paso, rompió la lógica de los bloques y cementó en una misma alianza a antiguos enemigos irreductibles (Norte-Sur, productores y consumidores de petróleo, árabes e israelíes), una convulsión estratégica que prefiguró las alianzas de siglo XXI y que se reproduciría durante la invasión usamericana de Iraq en 2003 y una tercera vez en 2007-2008 contra el Irán en fase de «nuclearización».
 
Afganistán, el otro punto de la estrategia usamericana, también mantuvo clavado en el suelo durante diez años (1980-1990) al glorioso «Ejército Rojo», acelerando la descomposición del imperio soviético, pero los talibanes wahabíes, retoños de la copulación usamericana-saudí, una vez desheredados del poder, procedieron a asesinar simbólicamente a sus respectivos patrocinadores con una serie de acciones explosivas políticas y militares contra el reino saudí y USA. Mientras el ex agente de contacto entre los usamericanos y los combatientes islamistas Osama Bin Laden, antiguo ciudadano saudí, reivindicaba la creación de una «República Islámica del Hedjaz» en el perímetro de los Lugares Santos del islam para castigar a la dinastía «impía» de los wahabíes por su connivencia con USA durante la guerra contra Iraq, en 1995 sus discípulos se dedicaban a atentar contra objetivos usamericanos en África: atentados contra las embajadas de USA en Dar es-Salaam (Tanzania) y Nairobi (Kenia), así como contra el cuartel general de la guardia nacional saudí, que preludiaron el gran ejercicio de pirotecnia aérea del 11 de septiembre de 2001.
 
Libia estaba ausente de la lista de los importantes, en realidad era la menor de las preocupaciones de los usamericanos. Al alinearse como ellos con la oposición islamista, Gadafi recuperó su atractivo tanto más rápidamente en cuanto que había proporcionado importantes servicios a los occidentales durante su época de esplendor con la persecución de los comunistas sudaneses, la decapitación del movimiento chií libanés Amal y apareciendo, por añadidura, como un útil contrapunto de Argelia y Rusia, dos países fuera de la esfera occidental abastecedores exclusivos de gas al conteniente europeo. El bloqueo de Libia duró siete años (desde el 12 de abril de 1992 hasta el 11 de diciembre de 1999), el bloqueo más corto de la historia contemporánea. En comparación, Cuba resiste desde hace cincuenta años el bloqueo usamericano. A pesar de todas las privaciones, el régimen castrista continúa enfrentándose a la primera potencia militar el mundo, que además está situada a pocas millas de la isla. Fidel Castro asumió la transición del poder tras haberse asegurado del relevo revolucionario en América Latina, Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia.
 
Sadam Husein, por su parte, resistió 13 años la presión usamericana y cayó con dignidad convirtiendo su martirio en un ejemplo de valentía en la adversidad y superando su pasado dictatorial hasta el punto de aparecer como un «mártir» ante una buena parte de la opinión pública árabe y musulmana. Gadafi sacrificó a dos de sus subordinados como saldo de todas las cuentas por los atentados aéreos, el de Lockerbie (Escocia) y el de Ténéré (desierto africano), cuya financiación se le imputaba. En la misma línea, sacrificó su programa nuclear y desveló de un golpe todo un sector de la cooperación atómica con los países árabes y musulmanes para preservar su régimen.

B. El rescate occidental

El primer viaje oficial de Muammar Gadafi desde hacía un cuarto de siglo, su visita a Francia el 10 de diciembre de 2007, pretendía ser un solemne acto de rehabilitación del dirigente libio por parte de la comunidad occidental, debido a su alineamiento con la estrategia de Occidente, tanto en lo que concernía a su desarme como a la lucha contra el fundamentalismo islámico, la emigración clandestina africana o la política energética mundial. Pero aquel proceso de «respetabilidad» parece que se volvió contra sus creadores, ya que los objetivos divergían en cuanto al sentido y el alcance del viaje, las respectivas concepciones de la hospitalidad, la seriedad del país anfitrión y la brillantez del huésped.
 
Sin embargo, todo se había calculado meticulosamente para que la estancia del dirigente libio en Francia se viviera como una apoteosis, la justificación a posteriori de sus sucesivas deserciones y su sometimiento a las normas occidentales. Todo, incluida la fecha de la visita, que no fue casual. El perfeccionista protocolo francés hizo coincidir la visita con la fecha conmemorativa del octavo aniversario del levantamiento de las sanciones de la ONU el 11 de diciembre de 1999. ¿Falta de oportunidad o de perspicacia? Esa fecha también coincidía con la celebración anual del Día Internacional de los Derechos Humanos. Una infeliz casualidad de fechas que dio a antiguos comensales de Gadafi la oportunidad de desmarcarse fácilmente en un puro ejercicio de demagogia y oportunismo político. Fue el caso, en particular, de Rama Yade, una participante en los ágapes de julio en Trípoli con el coronel Gadafi, que sin embargo no dudó en indignarse oportunamente por la visita del dirigente libio a París. Así se forjan las leyendas, con el juego de las indignaciones selectivas.
 
Como jefe de un Estado de riquezas codiciadas, Gadafi apareció en París de igual a igual, como un negociante principal de la escena internacional, no como un marginal. Su visita al castillo de Versalles con el gorro de piel de conejo y botas no tenía otro sentido. Ahí donde sus numerosos detractores ven excentricidades, Gadafi afirma si no su autenticidad al menos su originalidad: la instalación de una jaima en el jardín del Palacio Marigny, la residencia oficial de los huéspedes de Francia, sólo podía acentuar la imagen caricaturesca de los árabes, ya bastante degradada en un país en pleno fervor xenófobo. Y muchos se burlaron de ese campamento diseñado por Dior que acentuó en la opinión pública la idea de un rey de opereta que de vez en cuando –a menudo– actúa alocadamente, incluso ante su corte de aduladores.
 
La cena bajo mínimos en el Elíseo, de la que se excusaron personalidades de primera fila como Bernard Kouchner, jefe de la diplomacia y, como tal, ex comensal de Gadafi en el mes de julio en Trípoli, acabaría de convencer al libio de que su viaje aparecía como un engañabobos. Allí donde Sarkozy tentaba con centrales nucleares, aviones de combate Rafale invendibles, el beduino del desierto libio contabilizaba los desaires recibidos. España, segunda etapa de la gira europea del dirigente libio, recogió una abundante cosecha de 11.000 millones de dólares en contratos. Francia, una minucia. La mala química entre un dirigente libio errático y un presidente francés impulsivo y compulsivo convirtió ese viaje en la broma de mal gusto más grande del mundo de la historia de la diplomacia reciente. Una mascarada, cuyo origen está en la expresión árabe «Maskhara», un hazmerreír universal.

C. La Revolución como coartada

Liberado del embargo que lo estrangulaba, el poder libio se lanzó de nuevo a sus costumbres abusivamente corrosivas, tanto para Libia como para la imagen de los árabes en la opinión internacional. A semejanza de los príncipes del petróleo a quienes denigra, pero es igual que ellos.
 
Semejante comportamiento aparece como un engaño multiplicado por una calamidad, en tanto que este revolucionario de pacotilla no muestra la menor consideración por la austeridad que soporta el pueblo libio debida a la política errática de su líder, ni por los sufrimientos del pueblo palestino ni por las privaciones de los pueblos libanés e iraquí, la precariedad del mundo árabe y su sometimiento al orden israelo-usamericano.
 
Sin embargo, el Guía de la Revolución afirmó recientemente que había cometido errores y que había cambiado. Obviamente no fue el caso, en vista de la brevedad del arrepentimiento y de la ausencia de remordimientos. Ni una palabra de pesar por todas sus fechorías anteriores, hasta el punto de que la justicia libanesa acaba de administrarle una dolorosa picadura al enviarle una citación de comparecencia para refrescarle la memoria sobre su implicación en la desaparición del dignatario religioso libanés. Para justificar su viraje y sus múltiples deserciones, el coronel Gadafi ha confesado últimamente, a manera de excusa absolutoria, que se equivocó en la primera etapa de su reinado. Se murmura en Trípoli, Bengasi, Sebha y Sirte que una pesadilla atormenta a los libios, la de despertarse un día con un Gadafi confesando una vez más que se ha vuelto a equivocar en los treinta años siguientes de su reinado.
 
Entronizado sobre una capa de petróleo,[4] el decano de los dirigentes árabes contemporáneos, con la tesorería desbordante de divisas fuertes, ha carecido especialmente de crédito. No engañó a nadie. La Fundación Gadafi para los Derechos Humanos, la estructura ad hoc encargada de reciclar al dirigente libio en la honorabilidad valorando a un alto coste el precio de sus fechorías pasadas, especialmente la indemnización de las 288 víctimas de Lockerbie o la liberación de los rehenes occidentales de Mindanao (Filipinas), ha mostrado claramente el arte del remiendo. Por sus caprichos y sus desaires, este militar de pompas y vanidades, este teórico revolucionario de «la tercera vía universal» se convirtió en el bufón de las cumbres árabes a las que amenazaba regularmente con abandonar, en el hazmerreír universal de la opinión internacional, en la desesperación de los pueblos árabes, cansados de sus repetidos desmanes.
 
El detonador libio se activó a raíz de la defensa de Gadafi de su compadre tunecino Zine el Abidine Ben Ali, derrocado después de veintitrés años de dictadura. Una defensa pro domo sin justificación alguna de un Ben Ali a quien designó «el mejor dirigente que podría tener Túnez», provocación que incitó a los libios a destinar a Gadafi la misma suerte de su compadre de negocios. Durante mucho tiempo Gadafi ha sido un superviviente político, por lo que no ha tenido la garantía de la permanencia histórica. Es un ejemplo perfecto de naufragio político, un perfecto contraejemplo de la ética de los dirigentes, ilustrado por el comportamiento del heredero del clan, el presunto liberal Saif al-Islam, que amenaza con el fraccionamiento del país mientras bombardea a su pueblo.

D. Del «Estado de las masas populares» al «Estado de las masacres populares»

La desmesura de su respuesta ha suscitado la oposición del ejército, el armazón del régimen y la defección de algunas de las figuras más emblemáticas del grupo histórico de los «oficiales libres», artífice en 1969 del derrocamiento de la monarquía: el coronel Abdel Moneim al-Houni, el coronel Al-Khoueildy al-Houeidy, el general Abu Bakr Jaber Younes, inamovible comandante en jefe del ejército desde hace treinta años, el general Abdel Salam Awad al-Hassy, jefe operativo de las fuerzas especiales y el último, pero no el menos importante, su propio primo Ahmad-Kadhaf-Ad Dam, el antiguo jefe de los servicios de inteligencia y enviado en Francia durante el conflicto entre El Chad y Libia.
 
Dos de los antiguos miembros del grupo se pusieron incluso al frente de la protesta popular, uno en Trípoli, el coronel Abdel Moneim al-Houni, y el segundo, el capitán Al-Khoueildy al-Houeidy, en Misratah, al oeste de la capital, mientras que el comandante en jefe del ejército fue puesto en arresto domiciliario.
 
Uno de los escasos supervivientes del grupo revolucionario, el coronel Abdel Moneim al-Houni, abandonó su puesto en El Cairo de representante de Libia en la Liga Árabe en un gesto de desafío contra los abusos de su ex compañero de armas. Uniendo el hecho a la palabra, se puso a la cabeza de la manifestación contra Gadafi en Trípoli, el centro neurálgico del país, para «unirse a la Revolución», la auténtica, la revolución del pueblo, no la de los charlatanes.
 
La defección del propio primo de Gadafi, Ahmad Kadhaf ad-Dam, en contra de las reglas de solidaridad de clan, hecho insólito en los anales tribales, añadida a la cascada de dimisiones del cuerpo diplomático libio en el extranjero, así como al distanciamiento de su ex secretario particular, Abdel Rahman Chalgham, delegado de Libia en las Naciones Unidas, acentuaron el aislamiento del régimen libio e hicieron que se tambalearan sus cimientos.
 
Chalgham, ex ministro de Asuntos Exteriores y antiguo embajador en Roma, fue uno de los artífices del acercamiento entre Libia y los países occidentales, el negociador del acuerdo de concesión de 5.000 millones de dólares de la Unión Europea a Libia para la lucha contra la emigración clandestina africana con destino a Europa.
 
Después de dos semanas de protestas, la situación de los lugares de la configuración tribal presentaba un paisaje totalmente cambiado, con varias provincias en estado de secesión abierta,[5] en especial la zona oriental alrededor de Bengasi y el Fezzan. Sólo la zona de Sirte, región natal de Gadafi y zona de despliegue de la tribu de los Kazzafa, así como Sebha, que aloja a una gran parte de los miembros de la tribu de Gadafi, en el sur del país, no se habían unido al campo de los adversarios del coronel.
 
Jugando a la duplicidad a lo largo de todo su reinado, el hombre que saturó las ondas del planeta con discursos en tono panafricanista y panárabe, atizando el tribalismo en el plano interno y fundamentando su poder sobre el antagonismo tribal, ha caído en su propia trampa. Casi todas las tribus del país se unieron al nuevo poder transitorio sin controversias ni vacilaciones debido a la profundidad de la fobia que inspira el Guía.
 
En este pulso con sus opositores el coronel Gadafi, por añadidura, tendrá el inconveniente del cambio de la estrategia regional con la caída de sus dos aliados naturales, Hosni Mubarak en Egipto y Zine El Abidine Ben Alí en Túnez, así como la ausencia de un claro y firme apoyo de cualquier país árabe. La secesión de los tuareg, el grupo tribal de implantación más sólida en el sur de Libia, próximo a las fronteras de cuatro países africanos (Malí, Níger, Chad y Sudán), debería reducir el margen de maniobra de la rama africana de al-Qaida, la AQMI, y sus eventuales interferencias en el escenario libio. Autores de varios secuestros en la zona del Sahel, el bloqueo de la zona fronteriza podría relanzar, a medio plazo, la cacería de sus combatientes para un mejor control de ese sector del Sahara conocido por su porosidad sahariana.
 
Durante la primavera de los pueblos árabes –el invierno de 2011–, abandonado por casi todos sus antiguos compañeros viaje y apuntalado por su núcleo familiar, Gadafi, ebrio de furia y rabia, mostrará toda la dimensión de su ferocidad, paradójicamente en Bengasi, el punto de partida de su golpe de Estado contra la dinastía Senussi y cuna del héroe de la independencia de Libia, Omar al-Mokhtar, así como Al-Bayda (1), sede de Al-Zaouiya Al-Bayda, la Hermandad Blanca que debe su nombre a la sede de la Hermandad Senussi.
 
Apuntalado sobre su presa y respaldado por la guardia pretoriana del régimen, una milicia de 30.000 hombres dirigida por cuatro de sus hijos, Saif al-Islam, Moutassem Billah (Aníbal), Saadi y Khamis, secundados por un dúo de ardientes colaboradores, el jefe de los servicios secretos Abdalá Senussi, implicado en el atentado contra la compañía francesa UTA sobre Ténéré, y el ministro de Asuntos Exteriores Moussa Koussa, el coronel Muammar Gadafi sufre los estertores de su largo mandato.
 
Atrincherado en el cuartel militar de Azizya, en Trípoli, convertido en residencia, abandonado por sus antiguos hermanos de armas, incluidos el comandante el jefe del ejército, el comandante operacional de las fuerzas especiales y su ministro del Interior, el coronel Muammar Gadafi se debilita bajo el asalto de su pueblo en una auténtica guerra de liberación popular contra su dictadura.
 
Con la ayuda de mercenarios reclutados en los confines de África, principalmente de Kenia, de ataques aéreos incesantes llevados a cabo por mercenarios de Europa del Este (Bielorrusia, Ucrania, Serbia), Gadafi ahogará en un baño de sangre su revolución y a sus compatriotas que han desafiado su autoridad después de haber babeado tanto durante cuarenta y dos años. Casi 6.000 muertos en dos semanas de protestas, según la Liga Libia de los Derechos Humanos, infinitamente más que el número de chadianos muertos durante los diez años de la guerra entre El Chad y Libia en la década de 1980.
 
A lo largo del fin de semana del 26 al 27 de febrero de 2011, un espectáculo surrealista se ofreció a los observadores árabes: en directo, en la cadena transfronteriza al-Yazira, jefes de unidades combatientes de las fuerzas especiales, de la policía, de la administración central, de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas, anunciaban su alineamiento a la revolución del 17 de febrero, en una extraordinaria demostración de rechazo al clan Gadafi, a la que se unió, paradójicamente, el jeque de Al-Azhar, la autoridad suprema musulmana de Egipto, más tímido durante la caída del presidente egipcio Hosni Mubarak, que invitaba a los libios a rebelarse contra la autoridad de su Guía.
 
El anuncio el sábado 25 de febrero de 2011 del ex ministro de Justicia de Libia Mustafá Abdel Jalil, de la formación en Bengasi de un comité nacional, especie de Alto Comité de Salud Pública, representativo de todas las provincias del país y de sus capas sociopolíticas para pilotar la transición a la era posterior a Gadafi, dio el golpe de gracia a la legitimidad y a la representatividad del Guía de la Jamahiriya.
 
Gadafi intentará conjurar su suerte funesta el 2 de marzo. Con el pretexto del trigésimo cuarto aniversario de la instauración de su Jamahiriya, la populocracia, retomó su vieja cantinela de un país gobernado por el pueblo, al cual sin embargo consideró prudente gratificar excepcionalmente con 500 euros a título de bonificación para comprar su neutralidad en el conflicto. De un Guía sin poder ni atributos mientras que sus desplazamientos al extranjero se estiman en casi 130.000 millones de dólares. Intentó un farol recuperando temporalmente una localidad próxima a Bengasi, el terminal petrolero de al-Braiga, en el golfo de Sirte, el feudo de su tribu, antes de que lo volvieran a desalojar. Practicando la negativa, en su fuero interno el coronel apuesta por una intervención usamericana de la cual esperaría que uniese a la población en torno a su persona y le daría la imagen de un mártir. Incendiario impenitente, Gadafi se juega la suerte de su país a la ruleta rusa.
 
Revancha póstuma de todas las víctimas inocentes de la patología del príncipe, la caída del tirano, va sin duda a ser acogida con una particular satisfacción por los chiíes árabes e Irán, donde encantó a su jefe carismático cuando despegó en los albores de la década de 1980.
 
Bajo Gadafi, durante cuarenta y dos años, Libia ha sido la Albania de la década de los cincuenta, la Corea del Norte de la primera década del siglo XXI. Arma de destrucción masiva contra su propio pueblo y contra los intereses generales del mundo árabe, ninguna lágrima se ha derramado ni se derramará por este enterrador de la causa nacional árabe, el gran carcelero de Europa, el sepulturero de su pueblo en la única guerra que realmente ha llevado a cabo. Contra su pueblo, el pueblo de la Jamahiriya, literalmente «el Estado de las masas populares», que él ha transformado, a manera de epílogo en «el Estado de las masacres populares».
 
Notas:
 
[1] El tribunal militar libanés lanzó el 5 de agosto de 1987 una orden de arresto, en rebeldía, para un proceso por contumacia contra quince personalidades libias que podrían estar implicadas en esta desaparición. Entre las personas buscadas figuran el comandante Abdel Salam Jalloud, en la época número dos del régimen libio, dimitido en 1993; Alí Abdel Salam Triki, en la época ministro de Asuntos Exteriores; el comandante Wakil al-Roubeihy, comandante de la policía de Trípoli; Ahmad Chehata, jefe de la oficina de enlace de relaciones internacionales del ministerio de Asuntos Exteriores, y Mahmud Ould Daddah, embajador de Mauritania en Libia.
 
Abdel Moneim al-Houni, ex miembro del «Grupo de los Oficiales Libres», afirmó que Moussa Sadr fue asesinado y enterrado en la región de Sabha, en el sur del país. El piloto Najmeddine al-Yaziji, en la época piloto del avión de Gadafi, fue el encargado de transportar el cadáver del imán Sadr para enterrarlo en la región de Sebha.
 
Poco tiempo después el propio al-Yaziji fue liquidado por los servicios de seguridad libios para que el caso del asesinato de Sadr no se divulgase, añadió Abdel Moneim al-Houni en una entrevista al periódico Al-Hayat el miércoles 24 de febrero de 2011, después de desertar de su puesto de representante de Libia en la Liga Árabe. El imán Sadr estaba acompañado por su mano derecha, el jeque Mohammad Yacub, y por el periodista Abbas Badreddine. Se le vio por última vez el 31 de agosto de 1978. Desde esa fecha, ninguno de los tres hombres ha dado señales de vida.
 
[2] Véase Armes de corruption massive, Jean Guisnel, La Découverte.
 
[3] Con respecto a Saif al-Islam y la London School of Economy, el título de la tesis es «The Role Of Civil Society In The Democratisation Of Global Governance Institutions: From ‘Soft Power’ to Collective Decision-Making?» (Documento completo en inglés).
 
«La London School of Economics (LSE) se apresuró a distanciarse de Saif en un comunicado en el que reconoció que mantenía una serie de vínculos con Libia, pero en el que señala que «en vista de las alarmantes noticias procedentes de Libia durante el fin de semana del 19 y 20 de febrero la Escuela ha reconsiderado dichos vínculos con carácter de urgencia».
 
A pesar de que la LSE aceptó 1,5 millones de libras esterlinas de la Kadhafi International Charity and Development Foundation, una organización presidida por Saif –destinadas en parte a financiar un «centro virtual para la democracia»– el comunicado aclara que se trata de una cantidad a desembolsar en cinco años, de la que sólo han recibido hasta la fecha 300.000 libras. «En las difíciles circunstancias que vive actualmente la región, la LSE ha decidido suspender las nuevas actividades cubiertas por este programa», decía el comunicado. La LSE también ha recibido financiación para becas a cambio de asesoramiento a la Libyain Investment Authority de Londres. «No se esperan nuevas transferencias», ha manifestado la Escuela. (The Guardian. Artículo completo en inglés)
 
[4] Cuarto productor de petróleo en África, con casi 1,8 millones de barriles diarios, Libia posee reservas evaluadas en 42.000 millones de barriles. El petróleo libio representa más del 20% de las importaciones de oro negro de Irlanda, Italia y Austria y partes significativas del aprovisionamiento de Suiza, Grecia o España, según la Agencia Internacional de la Energía. De los 1,8 millones de barriles diarios (MBD) de petróleo bruto producido, Libia exporta 1,49 MBD, la mayoría (85%) a Europa. Éstos son los países que más dependen del petróleo libio: Irlanda 23,3%, Italia 22%, Austria 21,2%, Suiza 18,7%, Francia 15,7%, Grecia 14,6%, España 12,1%, Portugal 11,1%, Reino Unido 8,5%, Alemania 7,7%, China 3%, Australia 2,3%, Holanda 2,3%, USA 0,5%. Gracias a sus reservas de petróleo y gas natural, Libia tiene una balanza comercial en activo de 27.000 millones de dólares anuales y una renta media-alta por habitante de 12.000 dólares, seis veces mayor que la de Egipto. Alrededor de 1,5 millones de inmigrantes, la mayoría del norte de África, trabajan en Libia.
 
Una intervención humanitaria o militar usamericana, combinada o no con la OTAN, con o sin acuerdo de la ONU, permitiría a USA apoderarse de grifo que suministra la economía europea, en un contexto marcado por la exacerbación entre los occidentales y China por la repartición de los recursos africanos. China, segunda potencia económica mundial, ya está presente en Sudán, vecino de Libia.
 
Con unos 5 millones de empresarios y trabajadores en África, China ya ha sustituido a Francia y el Reino Unido como segunda inversora en el continente africano. Para contrarrestar la influencia china, los países occidentales han sellado una asociación militar con la Unión Africana, cuyo cuartel general se instalará en Addis Abeba. USA se apoya en el Commandement Africa (AFRICOM) para utilizarlo como principal instrumento de penetración en África.
 
[5] La zona oriental del país, bajo influencia cultural egipcia (Bengasi y al-Bayda) ha sido la primera que se ha escindido. Nunca conseguida realmente por Gadafi, la zona rebelde de Bengasi, la gran ciudad portuaria del este del país, incluso ha recuperado la antigua enseña nacional vigente en tiempos de la monarquía. El Emirato de Barka, que se extiende de la frontera egipcia al golfo de Sirte permanece fiel a las tradiciones de la dinastía Senussi, particularmente al-Bayda, La Blanca, ciudad de 250.000 habitantes, en el corazón del Djebel el-Akhdar, La Montaña Verde, está a la misma distancia a vuelo de pájaro (800) kilómetros de Trípoli y de Alejandría, pero por carretera está más cerca de la metrópoli egipcia que de la capital libia. Su nombre es al-Zaouiya al-Bayda, la Hermandad Blanca, que toma su nombre de la sede de la Hermandad Senussi, cuya sede domina la ciudad. También debe su nombre a las abundantes nevadas que la cubren en invierno. El viernes 18 de febrero Al-Bayda habría sido liberada del régimen de Gadafi y la población, apoyada por la policía local, habría tomado el poder tras los enfrentamientos que habrían causado casi 200 muertos en el bando de los manifestantes.
 
La zona leal: el centro del país, alrededor de Sirte, que acoge las dos grandes tribus que se repartían el poder en la era posmonárquica: Al-Kazazafa (la tribu de Gadafi) y Al-Moukarfa (la tribu de origen del comandante Abdel Salam Jalloud, retirado del poder en 1993 y de Abdalá Senussi, el colaborador más próximo del coronel Gadafi y uno de los inculpados por el atentado de Lockerbie, Al-Moukreif. Provincia mimada y objetivo de una expedición punitiva de la aviación usamericana en la década de los ochenta para castigar a Gadafi por su apoyo al terrorismo, la zona central se dividió entre partidarios y adversarios de Gadafi. La configuración tribal de la zona, que comprende doce tribus, aparece repartida entre leales y opositores. La tribu Al-Moukarfa del comandante Jalloud se unió a los opositores tras la intervención de la aviación contra la población civil, así como las tribus Wazen, Kaba, Al-Badr y Tiji.
 
La región de la capital va de Trípoli a Ghadames en la zona fronteriza meridional. Acoge las tribus de Zentane y Ourfala, unidas a la revolución popular.
 
La zona de Fezzan desde el principio de los motines se decantó a favor de la protesta. Los tuareg, durante mucho tiempo objetos de vejaciones y burlas, privados de pasaporte para asegurarse su apoyo, se unieron rápidamente a la rebelión popular. Zona fronteriza de Malí, El Chad y Níger, el tráfico con destino a esos países está cerrado. Con la ciudad de Sebha, base de retaguardia de la guerra del Chad en la década de 1980, la zona ha sufrido mucho las hostilidades y variaciones de humor del coronel Gadafi en su política con respecto a la mano de obra africana.
 
La hermandad «Al Sannussia» es una hermandad religiosa musulmana fundada en La meca en 1837 por el Gran Senussi Mohamad Ben Alí al-Senussi (1791-1859), que se implantó en Libia y los países limítrofes (Argelia, Egipto, Sudán, Níger y El Chad). Combatió la presencia italiana y francesa y su jefe de entonces, Sidi Mohamad Idriss al-Mahdi al-Senussi (1916-1969) accedió al trono con el nombre de Rey Idriss I. Fue derrocado en 1969 por el golpe de Estado del coronel Muammar Gadafi. Refugiado en El Cairo, murió en 1983. Desde 1992, su descendiente Sidi Mohamad Ben al-Hassan al-Senussi es el pretendiente al trono.
 
En el plano religioso, la hermandad se proponer operar un retorno a las fuentes del Corán y a la unidad del islam, por una parte, y resistir a la ocupación europea del mundo árabe y más particularmente del norte de África. Su fundador, Mohammad Ben Alí al-Senussi, nació en Argelia en 1780. Después de sus estudios en Fez, que profundizó en La Meca y en Medina, este asceta reunió a sus primeros discípulos predicando en los países por los que pasaba. En 1843, al no poder regresar a Argelia, ocupada por los franceses, se estableció en Cirenaica, la actual Libia, donde fundó Zaouia al-Beida (el Monasterio Blanco), la primera célula religiosa de la hermandad. Poco antes de morir el 18 de junio de 1992, el pretendiente al trono, Hassan al-Rida, nombró heredero a su segundo hijo, Sayed Mohammed (nacido el 20 de octubre de 1962). El príncipe vive en Londres como heredero de una situación política incómoda. La oposición libia sólo tiene unas pocas voces fuera de su país y ninguna en el interior. Creada en 1981 en Londres por Mohamed Ben Ghalbon, la Unión Constitucional Libia lucha abiertamente por el restablecimiento de la monarquía a favor de los senussi.

Omar Al-Mokhtar: Héroe de la independencia libia (1862-1931), apodado «Jeque de los militantes» nació en Libia, en Zawia Janzour, de la tribu árabe Al-Abaidi de Mnifa. Omar el-Mokhtar es el hijo de Mokhtar Ben Omar y de Aicha Bent Mohareb. A los 16 años, huérfano de padre, fue en peregrinación a La Meca y creció en las mezquitas de los senussi. Sus estudios se vieron coronados por su nominación como jeque de la mezquita al-Okour. Tras la partida de Idriss al-Senussi hacia Egipto en 1922, Omar al-Mokhthar tomó el relevo del jefe de la Hermandad y encabezó durante veinte años la guerrilla contra Italia, que intentaba reconquistar Libia con el pretexto de que el país constituía una provincia del imperio romano y debía regresar a Italia en virtud de sus derechos históricos derivados de la sucesión de Estados.





Courtesy of Rebelión
Source: http://www.renenaba.com/libye-kadhafi-portrait-total-13/
Publication date of original article: 03/03/2011
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=4279

 

Tags: LibiaMagrebÁfrica del NorteGadafi
 

 
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