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 25/07/2014 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 UMMA 
UMMA / De paisaje a territorio: tres días en el sur de Túnez
Date of publication at Tlaxcala: 09/02/2011
Translations available: English  Français 

De paisaje a territorio: tres días en el sur de Túnez

Alma Allende

 

“Francia es París, el resto es paisaje”, afirmaba con desprecio el centralismo francés del siglo XIX. Habíamos estado muchas veces antes en el centro y sur de Túnez, pero nunca habíamos visto otra cosa que rebaños y nubes, montañas estriadas y desiertos limpios, y gente que parecía aceptar pasivamente, en las aldeas y cafés de carretera, su condición de filigrana o de arruga en el tapiz.

Nuestro corto e intenso viaje -paralelo al de esta conmoción que desde hace más de un mes ondula el país- refleja la transformación decisiva, mental y material, de un paisaje en un territorio. Lo que distingue un paisaje de un territorio es que, mientras que el paisaje es objeto de contemplación, el territorio es objeto de disputa. La intifada tunecina es ante todo eso: la resistencia de todo un pueblo a seguir formando parte del paisaje. El centro y suroeste de Túnez es ya un territorio vivo, hirviente por tanto de seres humanos, en el que la lucha reivindicativa de estos días adopta desiguales intensidades y formatos: en unos sitios hay revolución, en otros revuelta, en otros pura desesperación. De cómo se articulen estos distintos niveles dependerá el que se produzca o no una nueva transformación: de paisaje a territorio y de territorio a sociedad libre -o a tierra rasa.
 

1. Gafsa

Salimos el jueves por la mañana bajo el aguacero, en un día de perros, con la premonición de obstáculos, policías, milicias embozadas en mitad de la carretera. Pero mientras nos acercamos a Kairouan, a 130 km ya de la capital, el cielo se va aclarando sin haber tropezado con ningún control. El primero, militar, nos detiene a la afueras de la ciudad santa, en la rotonda donde debemos tomar la desviación hacia Gafsa, primer destino de nuestro viaje. Pocos metros más allá recogemos a un joven de aspecto campesino que hace auto-stop y que va en nuestra misma dirección. Tiene rasgos ásperos, nítidos, sencillos. Es un policía. No es extraño. Túnez pulula de policías, ex-policías, policías que niegan serlo, policías que se disfrazan de matones, policías anfibios que pasan de una especie a otra. Nuestro huésped forma parte de la Guardia Nacional y le han concedido un permiso para visitar a su familia después de un mes de servicio en el Aouina, el cuartel general en la capital. Le preguntamos, obviamente, por el zaura , por la revolución, y se defiende de lo que enseguida interpreta como una insinuación.

- Nosotros no hemos hecho nada. Han sido la policía y la guardia presidencial. La guardia nacional ha protegido al pueblo en colaboración con el ejército. Hemos detenido a unos 600 hombres de las milicias de Sariati, el antiguo director de la guardia de Ben Alí.

Mientras nos cuenta algunas historias legendarias, patrimonio ya de la mitología común en torno a la familia del dictador, somos adelantados por tres jeeps de la policía que escoltan un furgón blindado. La verdad es que no podemos dejar de sentirnos amenazados. Son los primeros que vemos y no veremos muchos más. Al parecer trasladan a las sedes locales de los gobernorados el dinero necesario para pagar los subsidios de desempleo prometidos y los salarios de los trabajadores contratados a jornal en las obras públicas. Eso es lo que nos explica nuestro compañero antes de bajarse en el cruce de Hajeb Al-Ayoun.

- Procurad no conducir de noche – nos advierte gentilmente antes de despedirse. -Las milicias aprovechan la oscuridad para sus asaltos.

Estamos entrando en la zona más convulsa, foco radial de las revueltas, entre Sidi Bouzid y Kasserine, y a partir de ese momento todos los pueblos que atravesamos presentan alguna huella de la batalla del último mes.
 

 
 

En Jelma hay dos coches quemados en la cuneta y sobre los muros podemos leer: “No nos robaréis la revolución” y “no se vende la sangre de los mártires”.

En Bir Haffey pasamos junto a la sede local del gobernorado, también quemada.

En Sidi Ali ben Aoun están quemados el tribunal y otro edificio junto a la carretera.

En todo el centro y suroeste de Túnez, según nos cuentan y como comprobaremos nosotros mismos en los próximos días, casi todos los puestos de policía, sedes del RCD y oficinas locales del gobernorado han ardido bajo la furia selectiva del pueblo.

Pero también arde el cielo. A pesar de las advertencias no podemos dejar de parar el coche en la cuneta. Las revoluciones no curan las gripes, pero tampoco impiden la puesta del sol. Se diría más bien que uno se vuelve más sensible a esta belleza natural del crepúsculo, cuya fragilidad acentúa nuestra ansiedad maravillada. Por encima de la extensión pelada del llano, en medio de un frío intenso, el azul helado del cielo, iluminado por un sol ya oculto tras Jebel Twuil, ha ido absorbiendo las nubes hasta dejar sólo algunos grandes grumos aislados, muy negros, atravesados por vetas horizontales de fuego vivo. Cenizas y llamas: revolución en el cielo. Estamos patidifusos ante esta constancia de la naturaleza, indiferente ante la historia, pero también nos sorprende nuestra nueva sensibilidad histórica frente a su indiferencia. En algún sentido, este crepúsculo del 3 de febrero de 2011 no es paisaje sino que también forma parte ya del territorio. 
 

 
 

Unos pocos kilómetros antes hemos recogido a un segundo autoestopista. Se trata de un hombre grande, cuarentón, de cara de pan, envuelto en un burnus marrón claro, de ojos inexpresivos y astutos. Es un producto claro del antiguo régimen. Le preguntamos por la revolución y trata de respondernos en un absurdo inglés hecho de retales, para darnos lo que él cree que pedimos y demostrar al mismo tiempo su distanciamiento frente a su propio país. ¿Qué sacamos de él? No tiene hijos, está en paro, no le apetece responder preguntas. Nos dice únicamente que quiere emigrar a Libia, donde hay todo lo que falta en Túnez. Es el perfil típico -nos explica luego nuestro amigo Bunjida- del traficante de gasolina, amenazado en sus intereses por la caída del régimen. Como en todas las carreteras del sur, hemos visto a derecha e izquierda, mientras avanzábamos, los característicos bidones azules y rojos de estos vendedores irregulares que transportan el combustible desde Libia y lo despachan ilegalmente a los automovilistas tunecinos con la complicidad de la policía, beneficiaria indirecta del negocio. Ahora nuestro amigo, expuesto a la ruina, sueña con viajar al país de donde procede la gasolina y que imagina por ello de leche y de miel, fuente de abundancia ilimitada.

Gafsa, a 390 km. del punto de partida, es la capital del gobernorado del mismo nombre; con 90.000 habitantes, es la novena ciudad de Túnez y centro de la industria del fosfato, uno de los principales recursos económicos del país. A las 18.30 de la tarde, hora de nuestra llegada, es ya de noche; las calles, ocupadas densamente por el ejército, están casi vacías. Quedamos con Mehdi y Lutfi en Le coin bleu , una cafetería céntrica, situada justo enfrente de la comisaría de policía, quemada durante las revueltas. Mehdi estudiaba tercer año de matemáticas en la facultad cuando fue expulsado por “copiar en un examen”; es decir, por su militancia política. Lutfi es maestro de primaria. Los dos son muy pesimistas respecto de las esperanzas de un cambio real.

- Ahora hay un poco más de libertad para expresarse – dice Mehdi-. Durará diez días, como en 1987. Es verdad, nos permiten hablar de revolución, pero no hacer la revolución. No hay dictador, pero sí dictadura.

Mehdi nos recuerda que sigue habiendo presos políticos y que de los 24 nuevos gobernadores nombrados por el gobierno 19 pertenecen al RCD y 9 están implicados en casos de corrupción. Nos enseña, por lo demás, el comunicado fundacional de la Unión General de Jóvenes de Gafsa, una tapadera del RCD que, con retórica revolucionaria, llama a recobrar la normalidad y trabajar por el país. Se infiltran por todas partes cambiando de color.

Hemos salido de Túnez capital en medio de un crepitar de huelgas sectoriales: transportes, personal del aeropuerto, incluso los imames de las mezquitas. Pero Mehdi y Lutfi relativizan su importancia.

- Hay pequeñas huelgas sectoriales con demandas particulares, pero el pueblo parece empezar a aceptar al gobierno. La estrategia del miedo está dando resultado. El chantaje económico y la amenaza policial obliga a la población a inclinarse ante un nuevo orden que, en realidad, disgusta a casi todos.

En ese momento entra en el café Redha Redaoui, el extraordinario abogado al que conocimos hace unos días en Túnez. Parece aturdido y cansado; la cara satinada, repeinado, con aspecto de haber salido pocos minutos antes de la cama. Tiene gripe y añade enseguida leña al pesimismo de sus compañeros.

- Vamos hacia la catástrofe. Las alternativas reales son éstas: o una dictadura aún peor que la de Ben Alí o una guerra civil. Los partidos y sindicatos tienen que dejar las reivindicaciones sectoriales para hacer reivindicaciones políticas. Es impresionante, es verdad, lo que ha logrado la revolución. Hay ahora mismo diez millones de tunecinos hablando de política. El problema es que no tienen cultura política ni una visión compartida que pueda servirles para incidir en el curso de las cosas. Todo marcha solo, por una especie de automatismo furioso, sin que nadie intervenga, salvo precisamente los agentes del viejo orden. Tenemos que defender la revolución del gobierno, pero sólo podremos lograrlo si la defendemos al mismo tiempo del pueblo.

Incluso malhumorado, Redha es de una imperiosa generosidad. Es fácil ponerse en sus manos y dejarse llevar. Lo seguimos sin saber a dónde vamos, a apenas ya dos horas del toque de queda, sin haber buscado tampoco un sitio para dormir. Nos alejamos un poco del centro detrás de su coche hasta llegar a una cancela en la oscuridad que da acceso a un recinto vigilado por el ejército.

- Aquí sólo vamos a cenar. Se duerme mejor en otro sitio.

Se trata del restaurante de un hotel donde comemos y, sobre todo, bebemos abundantemente. Redha pide una botella tras otra y, a medida que el vino va entrando en su cuerpo, va recuperando el tono, el color de su discurso, el calor de su inteligencia vivísima. A nuestro grupo se unen dos amigos suyos abogados, Adel y Mohsen, y Redha me invita a sentarme a su lado mientras él, en el extremo de la mesa, da cuenta de un codillo al vapor, especialidad de Gafsa.

- Habla con ellos – me dice-. Son más optimistas que yo.

En principio Adel comparte la opinión general de que el gobierno está tratando de imponer su legitimidad a través del terror. La propaganda agita el fantasma de las milicias, del islamismo, de la economía para detener la revolución. También le interesa permitir esa efervescencia de demandas sectoriales, pues de esa manera induce la ilusión de normalidad democrática al mismo tiempo que las cuestiones centrales, que son políticas y estructurales, se mantienen fuera de escena. Después de 56 años es normal que se desate esta explosión de reivindicaciones legítimas; el problema es que no se inscriben en ningún plan general de actuación.

- En Túnez ha habido una intifada con reformas y no una revolución.

Redha interviene para recordar una peculiaridad del proceso.

- Hay de entrada una contradicción que no podemos olvidar. La revolución nace en Sidi Bouzid, el lugar más agrícola, más atrasado, más cerrado, del país. Se trata de gente muy pobre, campesinos en su mayoría, que durante años han apoyado sinceramente a Ben Alí y que de pronto -y de ahí su reacción- se han sentido traicionados por él. El primer golpe contra el régimen se propina desde una mentalidad feudal, no desde la marginación del paro urbano más o menos cualificado, como se pretende.

Mientras comemos y hablamos, Al-Jazeera ofrece imágenes en directo de la plaza de Tahrir en El Cairo. Así será durante todo nuestro viaje: en cafés, en restaurantes, en hoteles, en casas particulares, la plaza de Tahrir es como el sol que nadie mira pero que ilumina y atempera la atmósfera. Las conversaciones sobre Egipto han sustituido a las habituales conversaciones sobre la meteorología.

- La similitud evidente entre Túnez y Egipto demuestra un plan estadounidense -dice Adel.

La preocupación de los EEUU es clara, como lo prueba el hecho de que su nuevo embajador en Túnez proceda de la embajada en Bagdad. Citamos, por lo demás, un artículo que hemos leído por la mañana en euobserver.com, en el que se da cuenta de la visita a Bruselas del nuevo ministro de asuntos exteriores tunecino, Mohamed Ounaies, y de las declaraciones de Catherine Ashton, portavoz de la política exterior de la UE: se han puesto de acuerdo para asegurar que los intereses fundamentales de Europa en Túnez -la liberalización de la economía y el control de la emigración ilegal- se mantengan a pesar del cambio de gobierno. La UE habla de “revolución”, pero la da por terminada y la describe en realidad en términos de continuidad económica y geoestratégica.

- Así es -confirma Redha-. Se trata de que haya una revolución política, pero no económica. Es decir, de que no haya una verdadera revolución. La UE, junto a EEUU, vigila, explora, presiona sin parar.

Queda poco tiempo para el toque de queda; a los camareros les pone un poco nerviosos la parsimonia de Redha, que insiste en que acabemos con calma nuestros vasos de vino. Adel y Mohsen también se agitan en sus asientos, aunque aún tienen tiempo de expresar su anunciado optimismo:

- El impulso que puso en marcha la revolución fue emocional; todos nos dijimos: Mohamed Bouazizi soy yo. Pero nuestro pueblo está preparado para una democracia a la europea. Vamos por el buen camino. Túnez, ya lo veréis, se va a convertir en la primera democracia del mundo árabe.

El tiempo se agota. Todos los clientes se han ido, pero Redha aún nos sirve un último vaso de vino.

- Hay que acabárselo. Son tres minutos hasta el hotel.

Cuando salimos quedan, en efecto, tres minutos para el toque de queda. Pero treinta hasta nuestro destino. Seguimos el coche de Redha por las calles oscuras y vacías, ya fuera del plazo, y cada quinientos metros nos detiene un control militar. Unas veces nos piden los papeles y tenemos además que abrir el maletero; otras basta con enseñar la documentación. Algunos soldados parecen conocer a Redha y le dejan pasar con un saludo. Da la impresión de estar acostumbrado a violar el toque de queda; a violar en realidad todas las reglas si se trata, bien de divertirse, bien de defender sus principios. Es una buena mezcla -gozo y principios- que inspira tranquilidad y confianza.

El hotel Yugurta, a esas horas, un poco achispados, tras ese recorrido tenso, nos parece un decorado surrealista, el delirio kitsch de una imaginación sorprendida en plena digestión: lámparas europeas de araña, grandes estatuas africanas, tronos magrebíes en madera taraceada de marfil y en el enorme, desangelado y deshabitado bar, unos sillones dorados gigantescos, entre faraónicos y versallescos, deformados por una voluntad expresionista. Redha ha decidido por nosotros y ha comprendido también, correctamente, que no podemos permitirnos una noche en un hotel como ése. Una breve negociación con la recepción reduce el precio a la tarifa de una pensión barata. Después de todo no hay turismo y apenas clientes locales; y Redha parece imponer su calidez imperativa en todas partes.

Así que hay que beber y beber y escuchar a Redha, indiferente al toque de queda, cuyo discurso demoledor, sin gripe ya y a fuerza de tibarin y cerveza, se amplia en oleadas concéntricas de una lucidez y una potencia irresistibles, combinando detalles menudos de la política interior tunecina, que conoce muy bien, con análisis teóricos sutiles, valientes y retóricamente luminosos.

- Yo he visto cambiar de piel a una serpiente. Durante tres días, mientras produce una nueva desde su interior, está desnuda, expuesta a todos los peligros; es vulnerable. Es y no es una serpiente. Debe protegerse del calor y del frío. No puede atacar a nadie; no puede ni siquiera comer. Pero si no se le corta la cabeza en ese momento de debilidad absoluta, ya no hay nada que hacer. La serpiente va recuperando fuerzas poco a poco, se arma de nuevo y recobra su agresividad. Lo que hay ahora mismo en Túnez no es una revolución; es una dictadura que cambia de piel. La dictadura está sin piel. Y tan desprotegida se siente que puede aceptarlo todo; es y no es una serpiente y podría incluso convertirse en un ángel.

Sobre la mesa se van acumulando las copitas de licor, que él bebe mucho más deprisa que nosotros. Y sigue con su avalancha:

- Durante tres días, por ejemplo, entre el 14 y el 17 se suspendió la censura y el control sobre internet y el teléfono. Ahora se ha restablecido. Los nuevos gobernadores tienen manchadas las manos y la comisión establecida para investigar la corrupción está encabezada por Abdel Fateh Amur, condecorado por Ben Alí, y de ella forman parte también Mteri Abdel Al-Hamsa, abogado de Aimed Trabelsi, el cuñado del dictador, y Najib Bakush, decano de la facultad de Derecho de Sfax, hasta tal punto implicado en la corrupción que su nombramiento ha provocado una revuelta entre los sfaxianos. La serpiente se rearma muy deprisa. Pero al mismo tiempo no tiene más remedio que hacer concesiones todavía. El gobierno, por ejemplo, se ha visto obligado a firmar dos protocolos internacionales muy importantes: el relativo al Tribunal Penal Internacional y, más importante aún, el Pacto de Derechos Sociales, Económicos y Culturales de la ONU, del que están ausentes casi todas las grandes potencias. Es y no es una serpiente, digo, y que lo sea o no es cuestión de tiempo. Es cuestión del pueblo.

Aquí Redha Redhaoui toma aliento antes de abordar la parte más penosa de su análisis:

- Y ese es justamente el problema. Los intelectuales de izquierdas tienden a representarse un pueblo puro, revolucionario, y a sufrir por eso grandes decepciones. Pero el pueblo no es una construcción intelectual. El pueblo tunecino es como todos los pueblos: está lleno de vicios, defectos, mezquindades y tiene que cargar además con su propia historia reciente. Es rebelde, pero no revolucionario; y por la misma razón que se enciende rápidamente también se someterá enseguida. Nos encontramos, pues, en una encrucijada kafkiana. La serpiente está desnuda y hay que ejercer presión popular, pero esa misma presión popular, sin dirección ni programa, puede abortar la revolución. El pueblo tunecino no es todavía un pueblo sino, como decía Bourguiba en otra época, “una polvareda de individuos”. Está por formarse. El gobierno de Ben Alí, además, implicó a todo el mundo en su corrupción, de los más pequeños a los más grandes, y es con ese material con el que hay que hacer la revolución. No hay otro y de nada sirve engañarse. De nada sirve soñar. Si no le cortamos la cabeza a la serpiente ahora, estamos perdidos. Y la paradoja sin fácil solución es ésta: si la revolución se para volvemos al punto de partida. Pero si no nos paramos para reflexionar y organizarnos, su propio movimiento la hará pedazos.

Y Redha Redaoui acaba con una frase lapidaria que resume los peligros de este movimiento espontáneo que pretende sacudirse fuera del tiempo y el espacio, de un coletazo o en una coz, una humillación de décadas; y que quiere obtener satisfacción inmediata, con la simple presión de un dedo en un interruptor, a justísimas reclamaciones democráticas, sociales y económicas que se le han negado durante medio siglo.

- No estamos haciendo la revolución -dice-; la estamos sencillamente padeciendo.

Es la 1.30 de la noche cuando Redha se despide de nosotros y se lanza a la calle, desdeñoso del toque de queda. Antes nos ha dado algunos contactos en Redeyef y Moulares, pueblos de la cuenca minera que visitaremos al día siguiente y donde pondremos a prueba el análisis de nuestro amigo.
 

2. Redeyef y Moulares, vecinos y extremos

Redeyef

De Gafsa a Redeyef se viaja contra las montañas estriadas que señalan la frontera con Argelia, bajo un cielo azul purísimo, por un terreno duro y seco, de una extensión planetaria, en el que se está a punto de sucumbir de nuevo a la tentación del paisaje: pequeños poblados con camellos ramoneando entre las casas, pastoras con tocados de colores, mujeres enormes sentadas al sol, envueltas en telas blancas, que comparten tareas y conversación. Todo parece puro, limpio, inmóvil, eterno y claro. Pero en realidad hay pocos lugares en Túnez tan arados por la historia como este cuadrado de tierra adversa y milenaria.

Estamos en la cuenca minera. Redeyef, a una hora de camino de Gafsa en dirección al sudoeste, tiene 26.000 habitantes y su destino está ligado desde 1903 a la explotación del fosfato. Desde entonces no ha dejado de alzarse regularmente contra las condiciones laborales, los bajos salarios y la marginación económica. La última vez fue en enero de 2008, después de que se falsearan los resultados de unos exámenes para conceder a dedo -en una zona durísimamente castigada por el paro- un puñado de puestos de trabajo. Este levantamiento, que mantuvo en jaque a la dictadura durante ocho meses y se saldó con cuatro muertos, decenas de heridos y centenares de detenidos, sirvió de ensayo y escuela para la experiencia revolucionaria de estos días, en la que Redeyef se ofrece como un modelo de organización y autogestión integral del que participa toda la población. La UGTT, que en 2008 centralizó las protestas y sufrió en carne propia los zarpazos de la represión, se ha convertido de forma natural en la cadera sobre la que se apoya la vida de la ciudad. Entonces rompió con la dirección sindical en Túnez; hoy opera de forma completamente autónoma. El día anterior a nuestra llegada, el 3 de febrero, una huelga general unánime demostró quién gobierna Redeyef.

El local de la UGTT, en efecto, muy cerca de la sede local del gobernorado, es ahora el palacio de gobierno: un edificio desnudo de tres plantas, enjaezado de banderitas tunecinas y presidido por las fotografías de los cuatro mártires de la ciudad, los tres asesinados en las revueltas de 2008 y el que murió en la reciente revolución. Allí se encuentra también la única imagen de Ben Ali que hemos visto desde hace un mes: en el suelo, sobre una borrosa alfombrilla que hay que pisar inevitablemente para acceder a los despachos del tercer piso, donde nos recibe Adnan Hayi, el secretario local del sindicato. Adnan es un hombre de unos 50 años, fuerte, de tez terrestre y chaqueta de pana, de nariz grande y kufiya palestina al cuello. Durante las protestas de 2008 fue detenido y torturado, como tantos otros, y su ojo izquierdo aún conserva la huella de esa experiencia. Se ha ganado el respeto y la admiración de compañeros y ciudadanos; es el líder de la revolución local y durante nuestro paseo por la villa veremos muchas veces su nombre escrito en las paredes.

En un despacho austero y desnudo, sin ordenador, entre papeles desordenados, rodeado de compañeros sindicalistas, Adnan nos describe el cuadro general de la región:

- Túnez está partido verticalmente en dos desde la época de Bourguiba. Mientras la costa este ha conocido un cierto desarrollo, la mitad oeste y sobre todo el suroeste del país ha quedado completamente abandonado. La Compañía de Fosfatos de Gafsa proporciona el 80% de la riqueza nacional, pero los habitantes de la zona no participamos de ella. Las minas sólo han dejado muerte y contaminación. El Estado mafioso de la dictadura concentró toda la actividad económica de la región en la explotación del fosfato, de manera que los despidos masivos sin indemnización de los últimos años, bajo la presión liberalizadora del FMI, han dejado a miles de personas en la calle y sin recursos. Nada llega hasta aquí. No hay riego para las tierras agrícolas, que habría que rescatar urgentemente y que sucumben al empuje del desierto. El 50% de la población está en paro; el otro 50% trabaja en precario. Hay familias de 5 personas que viven con 100 dinares (50 euros) al mes. No hay hospitales; y en los pocos centros sanitarios que existen no hay ni instrumental ni medicinas. Incluso el hospital de Gafsa, el más próximo a Redeyev, carece de cosas elementales. Los enfermos graves tienen que irse a Túnez capital o a Sousa, con el riesgo evidente de morir por el camino. A este cuadro hay que añadir la presencia asfixiante de unas instituciones que no lo eran, que se comportaban como bandas mafiosas dedicadas a la extorsión y en las que todos sin excepción, desde el alcalde hasta el agente de policía, robaban a los ciudadanos sin parar.

Adnan ve muy claro que lo que ha cambiado es menos que lo que permanece y que el riesgo de involución es grande. Las familias de los muertos y heridos en 2008 aún no han recibido ninguna indemnización y cinco de los activistas encarcelados entonces siguen en prisión. Por lo demás, el gobierno sigue operando al dictado del capitalismo internacional, con Francia y EEUU como arietes de intereses ajenos al país. Las presiones contrarrevolucionarias son enormes, pero sabe por experiencia que la historia es larga y los procesos de acumulación lentos y que, por lo tanto, hay que seguir luchando.

- Hay que combinar las protestas y movilizaciones con estudios concretos, propuestas políticas y la construcción sobre el terreno de nuevas formas de organización. En Redeyef, gracias a la experiencia de lucha y unidad de los últimos años, hemos conseguido formar Consejos en todos los sectores para movilizar a la población en la defensa de sus derechos y en la gestión de sus vidas cotidianas. Nuestra organización sindical canalizó en 2008 las revueltas y sirve ahora de columna vertebral a la movilización popular. Si queremos evitar la involución ya rampante, tenemos que coordinar a gran escala un Consejo de Defensa de la Revolución con todas las fuerzas políticas y todos los sectores de la sociedad civil.

Precisamente nos preocupa el espontaneísmo que hemos observado en otros lugares y nos acordamos de las reflexiones de Redha Redhaoui. Le preguntamos al respecto.

- Así es -responde Adnan-. El problema es que la impresionante espontaneidad de la revolución no ha cristalizado en un proyecto político porque desgraciadamente el nivel de organización era y sigue siendo muy débil en el resto de Túnez. Pero no soy pesimista. Hay fuerzas y personalidades capaces de integrar y coordinar políticas populares. En Redeyef estamos tratando de establecer una dirección regional única con otros pueblos de la zona. Hay discusiones y contactos en ese sentido a requerimiento de otros centros urbanos donde la organización está menos consolidada. Pero no hay que olvidar que de nada sirven tampoco las negociaciones y acuerdos entre direcciones locales si no se es capaz de convencer y movilizar al pueblo. La revolución está incompleta y sólo podremos completarla combinando organización y movilización.

Nos despedimos de Adnan y paseamos por esta ciudad liberada en la que se respira un aire de normalidad escandalosa. La normalidad, digamos, se nota. No hay policía y tampoco las milicias se atreven a llegar hasta aquí. De noche, los jóvenes de los comités de defensa siguen organizando piquetes para proteger los barrios de la ciudad. Todas las instituciones del Estado mafioso están cerradas; sólo la sede del gobernorado abre unas horas por la mañana para pagar salarios y subsidios. El alcalde, implicado en la corrupción y en la represión, permanece en su casa en arresto domiciliario a la espera de que un tribunal justo juzgue sus delitos.

- La nuestra ha sido una revolución pacífica y disciplinada -nos dice Tareq Haleimi, otro de los sindicalistas que nos acompaña. - No queremos linchamientos ni violencias gratuitas. Durante las jornadas de enero, el pueblo respetó todos los edificios, salvo las comisarías de la policía y la guardia nacional.

Visitamos, en efecto, el puesto de policía, completamente quemado y abierto libremente a la curiosidad de los ciudadanos como monumento a la ignominia de la dictadura. Muchos de los que nos acompañan ahora pasaron por estas salas en 2008 y pueden señalar cada rincón y cada hueco, impresos en la memoria de sus cuerpos. Frente a la puerta una pintada rabiosa grita: “Huisteis, perros”. Por debajo del olor a ceniza se percibe aún la sombra de una realidad animal, de un dolor viscoso y subterráneo.

- Por desgracia -dice Tareq- la mayor parte de los documentos se quemaron también en el incendio.

Caminamos aún por las calles apacibles al mediodía, leyendo las pintadas contra el gobierno y en favor de la revolución. Al pasar junto a un Publinet preguntamos por la importancia real que ha tenido internet en las movilizaciones y nos confirman que facebook, también en Redeyef, ha cumplido un papel fundamental a la hora de sacudirse la mordaza impuesta por unos medios que silenciaron y siguen silenciando la voz del sur.

Salimos de la ciudad con la impresión de un territorio inclinado ya hacia una sociedad libre. Las últimas pintadas que vemos en la pared, antes de coger el coche, están firmadas por “un comunista de Redeyef” y desde una de ellas, como dos medias lunas cruzadas, nos saludan ingenuamente una hoz y un martillo.

Moulares

Pero bastan 16 kilómetros -la distancia entre Redeyef y Moulares (Um El Araies)- para que todo cambie. Pasamos sin transición del territorio de la organización al de la desesperación. Moulares, con 24.000 habitantes, es otro de los grandes centros de explotación minera de la zona. Hasta 8.000 personas estaban empleadas aquí en las minas en los años 80; hoy son sólo 700. La introducción de máquinas mejores y la privatización de los servicios de mantenimiento dejó sin trabajo a miles de personas y sin recursos a la mayor parte de la población que dependía indirectamente de los fosfatos. Las minas y los depósitos de lavado, inscritos en el propio tejido urbano, dominan con sus enormes colinas de arena verde el horizonte de casas bajas de la ciudad. Desde el principio algo -mitad polvo mitad angustia- nos coge la garganta.

Hossein Mabruki, otro de nuestros contactos en la zona, sindicalista del sector de la enseñanza residente en Moulares, detiene su coche en las primeras calles de la población. Allí, frente a frente, dos instalaciones de la mina abren sus verjas a una visión dantesca de desechos grumosos y montículos color óxido. En una de las puertas -y eso quiere enseñarnos Hossein- algunos jóvenes han tendido un alambre y han instalado una jaima . Desde hace días ocupan el terreno e impiden el acceso al recinto para protestar por su situación.

La celeridad con que se levantan y acuden a nuestro encuentro delata ya el abandono terrible en el que viven. Su exigente reclamo de atención también. En principio pensamos que no son más que cinco o seis, pero tan pronto como nos situamos en medio de la calle, cámara y cuadernito en mano, comienzan a salir del interior de las instalaciones decenas y decenas de personas. Cada vez que volvemos la cabeza desde el centro del corro, un nuevo círculo humano se ha sumado a la multitud de alrededor. Son sobre todo jóvenes de aspecto duro, cansados, rudos, mal vestidos, quemados por el sol; están en paro y reclaman trabajo a la Compañía de Fosfatos. Pero hay también hombres maduros y hasta viejos, despedidos de la mina o jubilados prematuramente sin apenas indemnización. Uno de ellos nos enseña lo que le han dado después de años de trabajo: ¡150 dinares! Los arroja al suelo furioso y escupe encima de ellos. Todos -todos- quieren enumerar su memorial de agravios al mismo tiempo y nos tiran de la manga, nos vuelven la cabeza con la mano, zumban y zumban su insondable cólera y humillación.

Han sido capaces de reunirse para ocupar la instalación, pero no tienen ni medios ni programa para hacer presión. Son polvareda de individuos a la deriva. ¿Qué piden? Trabajo ya, dinero ya, dignidad ya. Reclaman, en realidad, atención. No la atención de su amigo o de su hermano o de su mujer o de su tío. Reclaman atención pública y por eso la cámara de Boomjida se convierte enseguida en el centro de mil apetitos oratorios. No les intimida en absoluto. No sienten respeto por ella como no lo sienten ya ni por los políticos ni por las instituciones. La cámara ha sido profanada, desprovista de todo su prestigio fetichista; es sólo el depósito de todo este magma hirviente difícil de contener. Pero es al mismo tiempo una esperanza absurda, mágica, disparatada, de solución: como si de la cámara de vídeo, frente a la que uno detrás de otro, todos al mismo tiempo, gritan sin ningún respeto, fuera a brotar un surtidor de billetes de banco, un vendaval de trigo, una manta estrellada de dignidad y rehabilitación. “Nada ha cambiado”, “hemos hecho la revolución y seguimos igual”, “nos han abandonado”, “mirad cómo se vive aquí”, “queremos ser como todos”, “igualdad entre las regiones”, “trabajo dos meses al año por 90 dinares”, “somos el problema de Túnez y queremos una solución”.

- No hacemos política, queremos trabajo -dice uno de ellos.

Hossein, nuestro amigo sindicalista, ya algo nervioso, intenta explicarle que, al contrario, la ocupación de la instalación minera es un acto político. Su modo de hablar, pedagógico y un poco paternalista, despierta inmediata desconfianza. Surge una discusión. La excitación aumenta; hay empujones. Hossein, que ha acabado por entrar al trapo, tiene que ser sacado a la fuerzas por dos de sus compañeros y alejado del lugar.

Allí seguimos nosotros. Rostros y rostros apiñados a nuestro alrededor, cada uno con su personalidad específica y todos ellos -nos damos cuenta de pronto- con un rasgo común: tienen todos los dientes negros. El polvo en suspensión y el agua contaminada han hecho que la oscuridad empiece en la boca antes o al mismo tiempo que en el alma. A falta de un estudio serio, es ya patente -nos confirman después- que el índice de cáncer en Moulares en mucho más alto que en otras regiones del país.

No somos el objeto, pero sí el catalizador y, si se quiere, el exutorio de la ira de esta multitud. La caricia simultánea de doscientas personas puede matar; el deseo de hablar de doscientas personas puede aplastar. Comenzamos a sentirnos amenazados por este dolor que compartimos; por esta cólera corpórea que comprendemos. Es imposible abrirse paso entre las filas, llegar hasta el coche y, una vez dentro de él, emprender la marcha. No nos dejan cerrar la puerta; meten la cabeza por la ventanilla; nos insisten para que sigamos tomando imágenes y testimonios. Finalmente llegamos al acuerdo de que Bunjida y su cámara se quedarán un rato más para tomar imágenes del interior de la instalación, como reclaman los jóvenes, mientras nosotras le esperamos en casa de Hossein, ya preocupado por nuestra suerte y que nos insiste para que abandonemos el lugar.

Samira, la mujer de Hossein, profesora de Ciencias de la Tierra en un instituto de secundaria, nos prepara un café y nos confirma lo que ya habíamos adivinado: que, en efecto, en Moulares nada ha cambiado después de la revolución. No ha habido cambios ni en la administración del pueblo ni en la dirección de la escuela. Hossein, todavía un poco avergonzado por su fracaso en la mina, explica que desgraciadamente en el pueblo hay mucho menos compromiso político y organización sindical que en Redeyef.

- Desgraciadamente Redeyef es una excepción -explica-. Allí el sindicato tiene autoridad porque se la ha ganado luchando al lado del pueblo. Aquí, en Moulares, el sindicato ha estado siempre en manos de recedistas corruptos y el resultado es que hoy desconfían de nosotros y nos desprecian. Cada vez que intentamos ir a la concentración en las minas nos echan; y tienen razón.

El trabajo del sindicato -añade Tahar Zayet, otro sindicalista de izquierdas, muy consciente y preparado- se ve dificultado en Moulares por un factor también de composición demográfica. La población de Redeyef es más mestiza; allí se mezclan personas procedentes de todas las partes del país, e incluso de Argelia, por lo que las relaciones de parentesco son débiles y las de solidaridad social más fuertes.

- La población de Moulares -dice- conserva una mentalidad tribal, de clan, y sólo adquiere compromisos a escala familiar. Por eso también desconfían mucho más de la gente cultivada y, sobre todo, de cualquier clase de institución política.

Lo cierto es que Mohamed Bouazizi -resume Hossein- desencadenó una cólera explosiva para la que la débil organización política y sindical del país no estaba preparada. Porque no había moldes colectivos para canalizar el descontento, el triunfo de la revolución, con sus pequeños cambios, no ha hecho sino aumentar la desesperación.

Eso es sin duda una gran ventaja para los que, desde dentro y desde fuera, están esperando a que la dictadura -diría Ridhaoui- haya terminado de cambiar su piel.

- En todo caso -cierra Taher en un tono militante- nunca más será 13 de enero. Los cambios son pocos, pero lo bastante importantes como para hacer posible una acumulación de conciencia y organización a medio plazo.

Una gran montaña estriada, posada en la tierra y por lo tanto procedente de otro mundo, nos detiene en la carretera de vuelta a Gafsa. Se ha interpuesto en nuestro camino para recordarnos -con su belleza fuera de lugar, valga el pleonasmo- que el mundo es ancho, irregular, inmenso pero finito, y que la historia, como la geología, tiene sus cataclismos rápidos y sus glaciares lentos.

 

Fotos de Ainara Makalilo y Boomj
 

3. Kasserine, humillados y ofendidos

Ghazala, una mujer valiente, fundadora del Comité de Parados Diplomados de Gafsa que tan activamente participó en las protestas de 2008, nos ha proporcionado un contacto en Kasserine. Lo encontramos a mitad de camino, en Mejel Bel Abbes. Se llama Boubaker, 33 años, máster en ingeniería, miembro también del Comité de Parados Diplomados, que sobrevive haciendo algunos pequeños trabajos como electricista. Es alto, un poco atildado, vestido con la digna pulcritud severa del que trata de conservar una modesta soberanía corporal en medio de las dificultades. Como tantos jóvenes cultos en circunstancias parecidas, en un medio imperativamente soltero, ha acabado por desarrollar sin quererlo un cierto aire de predicador o de fraile: hay algo -cómo decirlo- excesivamente limpio en su indumentaria y sus maneras. Habla poco francés, pero tiene un conocimiento casi erudito de la historia de la zona, cuya riqueza natural, bien conocida por romanos, vándalos y bereberes, ha sido malversada y desperdiciada por el Túnez postcolonial.

Antes de seguir hacia Kasserine, Boubaker nos pide que nos desviemos de la carretera y le acompañemos a un pueblecito cercano. Al principio no entendemos su propósito; pensamos que tiene que recoger algo o visitar a un amigo. Nos cuenta un historia a la que no prestamos demasiada atención, inquietos por ese retraso en nuestro programa. Hay cerca de allí, nos dice, un lugar llamado Nadhour, una comunidad rural de unas mil personas que en 2005 despertó el interés de una ONG italiana. Se hizo un proyecto de desarrollo integral con financiación de la Unión Europea, como experiencia piloto para una estrategia más ambiciosa y a más largo plazo. Nunca llegó a ponerse la primera piedra. Hostigados e impotentes, los responsables de la ONG abandonaron el terreno mientras el dinero iba a parar a las manos, de una manera o de otra, de la familia Trabelsi.

Habíamos escuchado mil historias como ésta y no teníamos ni tiempo ni medios para investigar el asunto. Pero nos equivocábamos. Boubaker no pretendía llamar la atención sobre el enésimo caso de corrupción sino sobre las condiciones de vida de la zona. Nadhour tiene una escuela barrida por un viento helado y decenas de casas desperdigadas alrededor. Todas son pobres, precarias, desnudas frente a la lluvia y el frío. Escogemos una al azar. Allí vive Taher con su mujer enferma y su hijo inválido. Taher tiene 93 años y 11 cabras que no puede vender porque son la garantía de un pequeño crédito que no puede pagar. La mujer, con la mejilla hinchada y escamosa, nos enseña sus posesiones: dos habitaciones, tres colchones, unos sacos de harina. No tiene, por supuesto, ni cocina ni baño; ni la posibilidad de acceder a los tratamientos médicos que su edad y condición requieren.

Una vez más sentimos la responsabilidad dolorosa de nuestra intromisión. Somos forasteros, tenemos una cámara, despertamos esperanzas.

- Fakrouni, fakrouni, ¡recordadnos, recordadnos! -nos grita el impresionante anciano cuando le damos la espalda tras despedirnos.

Mientras retomamos el camino, Boubaker nos dice que es precisamente en esta zona donde surgió la llamada a derrocar al gobierno. A medida que subimos hacia Kasserine va enumerando, casi funerariamente, los rastros de saqueo y abandono de la región.

Las fábricas de cemento blanco de Feriana, las terceras más importantes del mundo, acabaron en manos de los Trabelsi.

La celulosa y la fruta de Kasserine, también estaban en manos de los Trabelsi.

A nuestra izquierda corre una vía de tren que hicieron los franceses durante la colonia y que nunca se ha usado desde entonces.

La carretera también la hicieron los franceses y sólo se ha reparado una vez.

Las ruinas romanas de Thelebte han sido devastadas; la familia del dictador se llevó columnas y estatuas para adornar sus casas en Carthago y Gammarth y vendió buena parte del patrimonio arqueológico nacional a coleccionistas extranjeros.

Boubaker, por lo demás, nos habla de la violencia de las milicias en Kasserine en los últimos días, con la complicidad de la policía.

- Quieren crear el caos, y el gobierno aprovecha esa carta. Incluso si hay un poco más de democracia, pocas cosas van a cambiar realmente. EEUU y Europa no quieren otro modelo posible para Túnez y el mundo árabe.

La ciudad de Kasserine, al pie de Djebel Chambi, la montaña más alta de Túnez, tiene en torno a 75.000 habitantes y se ha convertido en la “ciudad de los mártires”: entre 50 y 70 personas -según las fuentes- fueron asesinadas allí en la semana del 8 al 14 de enero. Entramos dejando a nuestra derecha el Instituto Superior de Tecnología, asaltado el miércoles por las milicias, y a nuestra izquierda la Oficina de Empleo, quemada por los manifestantes durante las protestas. Nos dirigimos a Hai Zuhur, el barrio popular de Kasserine donde se concentró el mayor número de víctimas.

La rotonda que da entrada al barrio se ha convertido ahora en la Plaza de los Mártires. Cuando llegamos han levantado ya un monolito en el centro en el que se yergue un mástil con una corona de flores marchitas y una bandera tunecina. Un cartel improvisado a mano dice: “No venderemos a los mártires por 120 dinares” (la cantidad prometida como subsidio de paro). Lo firma en tono desafiante la Policía de Defensa de la Revolución.

En esa plaza, el 9 de enero de 2011, durante el sepelio de Mohamed Amin, primer mártir de Kasserine, fueron asesinadas 14 personas. Los francotiradores disparaban apostados en las terrazas y la policía lanzaba al mismo tiempo bombas lacrimógenas sobre el cortejo. En el hammam situado en uno de los extremos de la plaza había 45 mujeres y niños cuando algunos agentes abrieron la puerta -profanación inaudita- y lanzaron dentro una carga de gas. Allí murió asfixiada Yakine Guernazi, un bebé de seis meses.

Como en Moulares, nuestra presencia en la plaza genera inmediatamente un movimiento de solidificación en torno a la cámara. A lo largo de los próximos minutos decenas de hombres y mujeres irán sumándose al grupo; algunos llegarán en motocicletas, avisados quizás por teléfonos móviles, y todos se apiñarán tratando de hacer llegar su queja o su arenga a un mundo que los ignora. Aquí encontramos un poco más de disciplina que en Moulares, pero la misma ansiedad, la misma angustia, la misma sensación de abandono total.

Un joven proclama las dos reivindicaciones del pueblo de Kasserine: “Distribución de la riqueza y juicio a los culpables”.

Otro advierte al nuevo gobierno de transición: “Sólo debe temer dos cosas: a Dios y al pueblo de Kasserine”.

Otro hace un gran discurso pidiendo un hospital público y recordando a quien quiera escucharlo que el pueblo culto y pacífico de Kasserine ha hecho una revolución y volverá a hacerla si no se atienden sus demandas.

Otro aún relata como cierta la leyenda urbana -mito vampírico común a todos los pueblos saqueados- de la sangre donada para los heridos y vendida por la corrupta administración del hospital.

Otro se entrega a la utopía de “una asamblea de individualismo total”, al margen de partidos y organizaciones, en la que todos puedan satisfacer sus deseos personales.

Otro pide un gobierno popular sin representantes políticos ni instituciones.

Tres mujeres -velo blanco, azul y marrón- gritan karama, karama, karama (dignidad, dignidad, dignidad) y una de ellas, la dueña del hammam donde murió Yakine, se convierte en pasionaria justiciera con un discurso al que la gente responde con aplausos: “Vivimos en la miseria, en la pobreza más absoluta y han mandado a francotiradores israelíes para matarnos. Estamos en Palestina. Zaura zaura zaura hata el-mut, revolución, revolución, revolución hasta la muerte”.

La reivindicación de dignidad, eje de todas las consignas y discursos, solapa dos cuestiones inseparables y que se despliegan una y otra vez delante de la cámara de Boomj: el desprecio y la corrupción. El desprecio secular adopta ahora también la forma de un agravio revolucionario, asociado a un inquietante regionalismo. El abandono les parece particularmente ofensivo en estos momentos porque son ellos, y no los de Sidi Bouzid, el verdadero centro de las revueltas, el puente de sangre que ha llevado la intifada hasta Túnez capital. Hemos oído lo mismo en Redeyef y Gafsa; y lo mismo repiten en Tela y Regueb. Cada uno de estos pueblos se proclama el más revolucionario, el más valiente, el más combativo frente a los demás -mientras la atención se centra en la ciudad de Mohamed Bouazizi- y sin duda este localismo pugnaz, alimentado o al menos celebrado por el gobierno, no beneficia a los objetivos comunes de la revolución.

- No es la revolución de Bouazizi -resume un abogado en paro. -Sí, él fue la chispa y respetamos y honramos su memoria. Pero somos nosotros, los de Kasserine, los que hemos hecho la revolución. No una revolución de jazmines, como pretenden los medios occidentales, sino de sangre vertida y dignidad ofendida. Pedimos libertad para todos, disolución del RCD, la dimisión de los jueces; y pedimos hospitales, universidades, una televisión local. No tenemos nada. Todo se quedaba en Gafsa, en Kairouan, en el Kef. No podemos permitir que la revolución beneficie a los que no la han hecho o a los que la han hecho menos que nosotros.

Pero la dignidad ilumina también la fosa séptica de corrupción que ha dominado la vida en esta zona. Al contrario de lo que ocurre en Egipto, donde la mayor parte de la población vive extramuros de las instituciones, que no se interesan por ella, la “modernidad” comparativa de Túnez, junto con su tamaño reducido, ha uncido cada existencia individual, en cada uno de sus gestos, a ese Estado-mafia omnipresente que chupaba toda la riqueza, los grandes cofres y los pequeños bolsillos, las empresas y los cajones, y del que no se podía escapar a ningún margen -ni siquiera al de la pobreza absoluta-. Las familias gobernantes y sus funcionarios parasitaban a todos y cada uno de los tunecinos, cuya supervivencia paradójica dependía de la bestia que los desangraba. La historia que luego nos contará también la hermana de Mohamed Amín, el primer mártir de Kasserine, la repiten una y otra vez en la plaza y resume perfectamente un sistema de opresión material y moral del que la represión a tiempo completo era más un efecto que una causa.

- Nosotros, los pobres, los desempleados, teníamos que pagar 50 dinares para que el funcionario aceptase inscribirnos en las listas del paro. Luego, si nos daban un trabajo en los hadaier (obras públicas, limpieza, etc.), nos pagaban 100 dinares al mes, de los cuales debíamos entregar 20 a la administración corrupta. Si un mes nos negábamos a hacerlo, nos despedían. ¡Y con los 80 dinares restantes aún teníamos que pagar el 2626*!

La pobreza material es menos importante que esta vergüenza profunda y dolorida. Se sienten humillados y ofendidos; les han despreciado, sí, pero también mancillado, corrompido, degradado. El parásito les ha ensuciado con su contacto. Y buena parte de su rencor, y de esta reivindicación airada de dignidad, tiene que ver con un sentimiento de culpabilidad y suciedad. Es lo que no pueden perdonar a Ben Alí, a los Trabelsi, a los ministros y funcionarios del RCD cuya dimisión exigen. Depurar completamente el aparato del Estado es la única manera de purificar su alma tocada, violada, contaminada por el verdugo.

Cuando conseguimos regresar al coche, nos encontramos un niño dentro. Se llama Wad Omri, tiene diez años y quiere llevarnos a su casa. Hay algo conmovedor en él. Habla y habla y habla con ademanes adultos, reproduciendo fielmente, como si se lo hubiera aprendido de memoria, el discurso de los mayores: la corrupción de los Trabelsi, la estrategia del gobierno, la necesidad de establecer una verdadera democracia en Túnez. Parece un monito parlamentario, un loro militante. Pero de pronto la voz se le quiebra y se echa a llorar. Luego se calma y vuelve a empezar. Nos arenga con madurez impostada, eleva la voz, mueve las manos, para disolverse después, en un sollozo, en el niño que realmente es:

- No tenemos nada. Nada de nada. Vayamos donde vayamos siempre nos dicen: no.

La madre de Wad se llama Nabiha. Hasta hace muy poco ella y sus cinco hijos vivía en la calle. Ahora los vecinos le han construido un diminuto cubo de ladrillo y cemento en un terreno de paso, entre la inútil estación de tren de Kasserine y un enorme almacén de material de construcción. La habitación no tendrá más de 15 m2 y no contiene más que unos colchones y algunas mantas. Sin marido, sólo uno de sus hijos, Ayub, de apenas trece años, lleva algún dinero a casa.

El terreno pertenece a Rafiq Rahmuni, un hombre de cuarenta años que se acerca a nosotros para enseñarnos el documento de propiedad. El Estado mafioso le expropió el terreno y están tratando de reocupar una parte edificando esos pequeños cubículos apoyados en la tapia del almacén para alojar a los más pobres de Kasserine. Vemos, en efecto, a dos hombres, un poco más allá, trazando con una primera fila de ladrillos el recinto de una nueva casita. Piden, por favor, que no se las tiren abajo y que hagamos saber a los medios tunecinos -que se han olvidado de ellos- las condiciones en las que siguen viviendo tras el derrocamiento del dictador.

- No somos terroristas -proclama Nabiha-. Nos dicen que han formado una comisión, pero nadie ha venido a vernos. ¿No hemos hecho nosotros la revolución? Que vengan a ver cómo vivimos, que nos pregunten, que se ocupen un poco de nosotros.

Hassan, un hombre joven que trabaja en una Oficina de Desarrollo no muy lejos de allí, se une a nosotros para señalar irónicamente a su alrededor:

- Mirad. Durante años la propaganda ha hecho creer a los occidentales, pero también a muchos tunecinos, que nuestro país estaba en pleno desarrollo, que estaba a punto de incorporarse al tren de la modernidad. ¡Ocupamos el puesto 32, repetía La Presse! Pero la verdad es que somos pobres. En algunos lugares, hay incluso pobreza absoluta. Los niños y jóvenes, sin trabajo ni recursos, se dedican aquí al alcohol y la droga. ¿Y van a cambiar las cosas? El gobierno sólo piensa en que, ahora que Túnez es un país limpio de corrupción, va a poder atraer inversiones extranjeras para reproducir en definitiva el mismo modelo.

Está la pobreza material, sí, pero también la “miseria vital” a la que han sido reducidos los sectores más jóvenes, algunos de ellos cualificados, condenados a vivir sin trabajo, sin cines, sin sexo, sin esperanza, abandonados en los cafés con unos cuantos cigarrillos, reprimidos y humillados, rumiando la extensión del propio e inútil cuerpo que hay que vestir, alimentar, devolver a la cama todos los días. La revolución les ha restituido el orgullo de ser tunecinos. Ahora no quieren ir a Italia ni un coche de lujo: quieren dignidad. Pero la dignidad que se adquiere luchando se debe conservar conquistando. Y la desproporción entre la fuerza de esta demanda y la lentitud y escasez de las conquistas alimenta ya una frustración difícil de contener, pero difícil también de dirigir hacia sus objetivos.

Nuestra estancia en Kasserine se cierra con una visita a la familia de Mohamed Amin, el primer mártir de la ciudad, un joven de 16 años asesinado el 8 de enero por una bala que le atravesó la cabeza. Es un momento difícil, se entiende, y es bueno que así sea. ¿Hemos ido a curiosear? ¿A expresar nuestras condolencias? ¿A proporcionarles una especie de terapéutico duelo público? En todo caso, es inevitable preguntarnos por la necesidad de nuestra visita. Hay formas de atención que son al mismo tiempo corruptoras y obscenas, y la cámara de vídeo encarna muy bien esa intrusión deformativa. Las cámaras cargan de razón, inducen a la demagogia, hacen llorar lágrimas de cocodrilo. Pero en este caso los padres y hermanos de Mohamed tienen razón, sus gritos salen del alma, tienen motivos sobrados para el llanto. Es bueno, pues, que -razón, gritos, llanto- salgan a través de ese agujero hacia el universo. Los que lo pasamos mal somos nosotros y si lo pensamos bien eso también es bueno o incluso mejor. La incomodidad es la única manera en que podemos participar realmente de ese sufrimiento.

El padre, de unos 45 años, nos recibe sentado en una silla, cubierta la cabeza por un gorro de lana. A su alrededor, según jerarquía de edad, unas de pie y otras sentadas en los divanes, están todas las mujeres de la familia: hermanas, madre, abuela, tías. Mohamed Amin era el único hijo varón, el único hermano varón que tenían. Una gran fotografía suya sonríe juvenil desde la estantería. Sobre una mesita está el certificado de defunción y el de inscripción en la escuela de formación profesional, que acababa de empezar. También otras fotos, las más terribles, las de la cabeza muerta y rota de Mohamed con restos de masa cerebral a un lado. Una de las hermanas, guapa e imperiosa, inteligente y enérgica, vuelve obsesivamente a esa imagen; es ella la que lleva la voz cantante en el pequeño salón de la casa. La idea del cerebro de su hermano fuera del cráneo le obsesiona; no puede soportarla. No puede dejar de mirarla.

- Ningún responsable del gobierno ha venido a vernos. Tampoco los medios. Pero mejor que no vengan. ¡Le reventaron la cabeza! No había hecho nada y le arrancaron el cerebro. Luego le dieron una patadita para asegurarse de que estaba muerto. ¡Como a un perro! Que no vengan. No pueden devolvernos a Mohamed con ninguna indemnización. No nos calmarán con dinero. No queremos su dinero.

Y repite una y otra vez: ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

El lógico deseo de venganza se ve enseguida atemperado por un discurso insólitamente legalista y moderado. Primero la madre y luego el padre insisten en que no descansarán hasta que los asesinos de su hijo sean juzgados. Reclaman de hecho un tribunal internacional que los procese -y esto es muy importante para ellos- delante de todo el mundo, en público, señalando a la luz del sol a los asesinos con el dedo.

Luego el dolor por la muerte del hijo se disuelve en el marco general de una humillación que desborda todos los cuerpos particulares. Se lanzan en relatos de corrupción, soborno, pequeñas ofensas cotidianas. Mafia, mafia, mafia. Racismo contra las regiones. Marginación total respecto del resto del país, como si Kasserine formase parte de Argelia y no de Túnez.

- La revolución se hizo aquí -resume el padre- y no tenemos nada.

Nos despiden con abrazos apretados y conmovidos y no podemos dejar de sentir de nuevo la emoción de este dolor banal y absoluto y la incomodidad de no poder hacer por él otra cosa que relatarlo y filmarlo.

Túnez pobre, Túnez marginado, Túnez humillado y ofendido, Túnez culpabilizado, Túnez contaminado por los verdugos y rehabilitado por las revueltas. Ese es el pueblo que descubrimos en la Qasba y que hemos vuelto a ver en estos días intensos en el sur.

Mientras escribimos estas líneas, los acontecimientos parecen rebotar entre las paredes. Durante el fin de semana siete tunecinos murieron a manos de la policía en Sidi Bouzid, en Kef y Qebili. Las milicias siguen aterrorizando de noche algunas poblaciones. La presión popular ha obligado a un gobierno débil a destituir a los 24 gobernadores recién nombrados y nombrar otros en su lugar. Huelgas sectoriales y rumores retumbantes mantienen un bullicio de irregularidad que distintas fuerzas aprovechan para legitimarse y decidir la actual relación de fuerzas en una u otra dirección. El ejército sigue en las calles y el toque de queda vigente. Los periódicos y las televisiones combinan la retórica revolucionaria con viejos hábitos oscurantistas. En algunas zonas la gente cede, en otras se organiza, en otras se rebela, en otras se desespera.

Así es Túnez. Antes era un paisaje y ahora es un territorio. En las carreteras de todo el mundo, en algunos tramos, hay carteles que nos avisan: “ATENCIÓN. OBRAS”. Sobre el nuevo territorio tunecino, hay un rótulo que dice: ATENCIÓN. SE LUCHA.

 

Fotos de Ainara Makalilo





Courtesy of Alma Allende
Source: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=121948
Publication date of original article: 08/02/2011
URL of this page: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=3765

 

Tags: TúnezUmmaÁfrica del Norterevolución
 

 
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