Fuentes de inteligencia revelaron al diario The New York Times que la CIA ya estaba investigando al príncipe Mohammed bin Salman por su rol en las negociaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudita para la venta de tecnología nuclear. El príncipe, de 33 años, está al frente de las gestiones con el Departamento de Energía norteamericano y lo que intrigaba a la agencia de inteligencia era su negativa a comprar uranio enriquecido junto a la tecnología. La sospecha de los agentes es que los sauditas quieren comenzar un programa de tecnología nuclear con fines militares.

Arabia Saudita está negociando un programa de construcción de plantas nucleares que puede llegar a los 80.000 millones de dólares, dependiendo de cuántas se construyan finalmente. Pero en todo momento se negaron a aceptar que las plantas tengas que usar uranio importado e insistieron en adquirir también la tecnología para enriquecerlo domésticamente. Esa es exactamente la tecnología desarrollada por Irán que tanto alarma al presidente Donald Trump. El príncipe Mohamed terminó de preocupar a Washington cuando declaró en marzo que “si Irán desarrolla un arma atómica, nosotros tenemos que hacer lo mismo de inmediato”. 

El tema ya llegó al Congreso de Estados Unidos, donde el secretario de Energía, Rick Perry, evitó dar una respuesta directa sobre el estado de las negociaciones. Los diputados estaban preocupados porque Ryad había dicho con toda claridad que, si compraban las centrales y entraban al club de los países nucleares, de ninguna manera iban a permitir que ningún inspector internacional pisara el país. El gobierno de Trump simplemente se niega a hablar del tema, ahora marcado por el asesinato del periodista Yamal Jashoggi, en el que el príncipe es sospechoso.

En privado, funcionarios del gobierno le dijeron a The New York Times que la firma Westinghouse es la única norteamericana todavía dentro de la licitación. Si Estados Unidos se retira, explicaron los funcionarios, los sauditas comprarían las plantas de Rusia o China. Con lo que siguiendo la misma lógica comercial con la que Trump defendió la falta de sanciones a Arabia Saudita por el asesinato de Jashoggi, los funcionarios defendieron seguir adelante con las negociaciones nucleares. El problema es que este tipo de tratados tiene que aprobarse en el Congreso, donde los republicanos acaban de perder su mayoría en Diputados.

De hecho, los demócratas ya están criticando la venta y augurando un final poco feliz para los sauditas. Entre sus argumentos figura que Estados Unidos jamás le vendió ese tipo de tecnología a ningún país que amenazara con abandonar el tratado de no proliferación y se rehusara a dejar pasar inspectores. También señalaron que el comentario del príncipe Mohamed sobre hacer una bomba si Irán hace una, simplemente “lo descalifica” como negociador. Como definió un prominente diputado de la oposición, “una cosa es venderles aviones y otra armas nucleares”.

Pese a que el discurso oficial de Ryad es que el país busca un Medio Oriente sin armas nucleares, se sabe que Arabia Saudita financió el desarrollo de esas armas en Pakistán. Ya en 1988, los sauditas compraron misiles chinos de medio alcance capaces de transportar cabezas atómicas, pese a las airadas protestas de Washington. Un escenario posible es que en caso de una crisis, tropas paquistaníes entren en territorio saudita y traigan armas atómicas. 

Mientras, Arabia Saudita tiene cinco centros de investigación nuclear dedicados a formar personal técnico, e importantes yacimientos de uranio mapeados, algunos ya en explotación. El plan original de compra de tecnología nuclear contemplaba hasta veinte centrales a cuatro mil millones de dólares cada una, lo que se limitó a dos para empezar. El diseño de estas facilidades sería de Westinghouse pero la fabricación de la central sería subcontratada en Corea del Sur.