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English  
 CULTURE & COMMUNICATION 
CULTURE & COMMUNICATION / Arabia Saudita, un Estado Islámico que ha triunfado
Date of publication at Tlaxcala: 25/11/2015
Original: L’Arabie saoudite, un Daesh qui a réussi
Translations available: English  فارسی 

Arabia Saudita, un Estado Islámico que ha triunfado

Kamel Daoud كامل داود

Translated by  Regina Caillat-Grenier

 

Daesh negro, Daesh blanco. El primero degüella, mata, lapida, corta las manos, destruye el patrimonio de la humanidad y detesta la arqueología, a la mujer y al extranjero no musulmán. El segundo va mejor vestido y es más pulcro, pero hace lo mismo. El Estado Islámico y Arabia Saudita. En su lucha contra el terrorismo, el Occidente emprende una guerra contra el uno, al mismo tiempo que da un apretón de manos a la otra. Mecánica de la denegación y de su precio. Queremos salvar la famosa alianza estratégica con Arabia Saudita, pero olvidamos que este régimen reposa sobre otra alianza con una clase religiosa que produce, legitima, propaga, predica y defiende el wahhabismo, islamismo ultra-puritano del que se nutre ese Estado Islámico/ISIS/Daesh.

 
Kelly Blair

El wahhabismo, radicalismo mesiánico nacido en el siglo XVIII con la idea de restaurar un califato ilusorio en torno a un desierto, un libro sagrado y dos lugares santos, la Meca y Medina. Es un puritanismo nacido en la masacre y en la sangre, que se traduce hoy día por un lazo surrealista con la mujer, una prohibición para los no musulmanes de entrar en el territorio sagrado, una ley religiosa rigorista, además de una relación enfermiza con la imagen y la representación y por ende, con el arte, el cuerpo, la desnudez y la libertad. Arabia Saudita es un Daesh que ha triunfado.

La negación del Occidente frente a este país es categórica: saludamos esta teocracia como a un aliado y fingimos no ver que ella es el principal mecenas ideológico de la cultura islamista. Las nuevas generaciones extremistas del llamado mundo «árabe» no nacieron yihadistas. Se han sustentado en el Fatwa Valley, especie de Vaticano islamista con una vasta industria productora de teólogos, leyes religiosas, libros y políticas editoriales y de agresiva comunicación masiva.

Podríamos ponerle trabas: pero Arabia Saudita ¿no es ella misma un blanco potencial del Estado Islámico? Sí, pero insistir sobre ese punto sería dejar de lado el peso de los vínculos entre la familia en el poder y la clase religiosa que garantiza su estabilidad — y también, cada vez más, su precariedad. La trampa es total para esta familia real debilitada por sus reglas de sucesión que resaltan la renovación y que se aferra a una alianza ancestral entre rey y predicador. El clero saudí produce el islamismo que amenaza el país pero que igualmente garantiza la legitimidad del régimen.

Hay que vivir en el mundo musulmán para comprender el inmenso poder de transformación de las cadenas de televisión religiosas sobre la sociedad a través de sus puntos débiles: las familias, las mujeres, los medios rurales. La cultura islamista se ha generalizado actualmente en muchos países— Argelia, Marruecos, Túnez, Libia, Egipto, Mali, Mauritania, donde hay miles de publicaciones y de cadenas de televisión islamistas (como Echourouk e Iqra), así como los cleros que imponen su visión única del mundo, de la tradición y de las vestimentas tanto en el espacio público, como en los textos de ley y en los ritos de una sociedad que consideran como contaminada.

Hay que leer algunos periódicos islamistas y sus reacciones ante los ataques de París. En ellos se habla del Occidente como un sitio de «países impíos»; los atentados son la consecuencia de ataques contra el Islam; los musulmanes y los árabes se han vuelto los enemigos de los laicos y de los judíos. Se juega con el afecto de la situación palestina, la violación de Irak y el recordatorio del trauma colonial para embaucar a las masas con un discurso mesiánico. Mientras que ese discurso impone su significante a los espacios sociales, en la cima, los poderes políticos presentan sus condolencias a Francia y denuncian un crimen contra la humanidad. Situación de esquizofrenia total, paralela a la denegación del Occidente frente a Arabia Saudita.

Todo esto deja escéptico ante las estruendosas declaraciones de las democracias occidentales en cuanto a la necesidad de luchar contra el terrorismo. Esta pseudo guerra es miope ya que ataca el efecto y no la causa. Dado que Daesh es una cultura más que una milicia, ¿cómo impedir que las generaciones futuras aspiren al yihadismo mientras no se haya agotado el efecto del Fatwa Valley, de sus clérigos, de su cultura y de su inmensa industria editorial?

¿Remediar el mal sería pues así de simple? Escasamente. El Daesh blanco de Arabia Saudita sigue siendo un aliado de Occidente en el ajedrez del Medio Oriente. Se le prefiere a Irán, aquel Daesh gris. Esto también es una trampa que culmina a través de otra denegación, en un equilibrio ilusorio: Denunciamos al yihadismo como el mal del siglo, pero no nos detenemos a pensar quién lo ha creado y quién lo apoya. Esto permite salvar las apariencias, pero no las vidas.

Daesh tiene una madre: la invasión de Irak. Pero también tiene un padre: Arabia Saudita y su industria ideológica. Si la intervención occidental ha dado razones a los desesperados en el mundo árabe, el reino saudí les ha dado sus creencias y sus convicciones. Si no comprendemos lo anterior, perdemos la guerra incluso si ganamos batallas. Mataremos a unos yihadistas pero otros renacerán en las próximas generaciones, sustentados con los mismos libros.

Los ataques de París ponen esta contradicción una vez más sobre la mesa. Pero, al igual que tras el 11 de septiembre, corremos el riesgo de borrarla de los análisis y de las conciencias.





Courtesy of Tlaxcala
Source: http://www.nytimes.com/2015/11/21/opinion/larabie-saoudite-un-daesh-qui-a-reussi.html
Publication date of original article: 20/11/2015
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=16665

 

Tags: Atentados París 13/11ISIS/ISIL/DaeshArabia Sauditawahhabismo Hipocresía occidental
 

 
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