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 24/11/2017 Tlaxcala, the international network of translators for linguistic diversity Tlaxcala's Manifesto  
English  
 AFRICA 
AFRICA / República Centroafricana: no es un conflicto entre culturas
Date of publication at Tlaxcala: 28/06/2014
Original: Zentralafrikanische Republik: Kein Kampf der Kulturen
Translations available: فارسی 

República Centroafricana: no es un conflicto entre culturas

Werner Ruf وارنر روف

Translated by  Javier Fernández Retenaga

 

Un Estado fallido. La guerra civil en la República Centroafricana no se puede atribuir en primer lugar a conflictos étnicos y religiosos. Los intereses económicos de la antigua potencia colonial, Francia, juegan un papel determinante.

 

 

A consecuencia de la violencia, alrededor de un millón de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares (un refugiado al norte de la capital, Bangui, el 23 de enero de 2014). Foto: EPA/AMNESTY INTERNATIONAL

Poco nos informan los medios de lo que sucede en la República Centroafricana (RCA), a excepción de que cada vez se envían más soldados a la guerra civil. Se tiene así la impresión de que tras la intervención francesa y el estacionamiento, finalmente bajo mandato de la ONU, de las tropas de la MISCA (Misión de la Unión Africana en Centroáfrica), y sobre todo de las francesas, se ha alcanzado una relativa paz y seguridad. Sin embargo, esto no es así en absoluto, y la elección de la presidenta interina Catherine Samba-Panza, el 24 de enero de 2014, ni siquiera ha significado el inicio del establecimiento de estructuras estatales operativas.

Si con las intervenciones militares en Afganistán, Irak, Libia y otros países no hubiese quedado ya probado que estas no sirven para “pacificar”, la RCA ofrece una nueva y cruel prueba: el corresponsal de la agencia Reuters informa el 5 de febrero desde la capital, Bangui, de cómo miembros de las milicias cristianas “Anti-Balaka” atacan a un hombre acusado de pertenecer a la coalición rebelde musulmana “Seleka”. Un soldado francés observa mientras el hombre es golpeado con ladrillos. Después llega un grupo de “soldados de paz” burundeses y se colocan alrededor del hombre, que yace en el suelo, para protegerlo. Cuando la turba se vuelve más violenta, los soldados desaparecen. El hombre es asesinado con ladrillos y cuchillos, su cuerpo arrastrado por las calles y finalmente rociado con gasolina y quemado. Esto sucedió a poca distancia del palacio presidencial.

Hacia el caos

La República Centroafricana alcanzó la “independencia”, junto con otras quince excolonias francesas, en 1960. Uno se pregunta si esta independencia significa algo más que la mera entronización, promovida por Francia, de un presidente con la piel negra y el izado de la bandera nacional: como todos los países del oeste y centro de África que estuvieron bajo dominación francesa, esta república es rica en materias primas y, al igual que los países vecinos, está entre los veinte países más pobres del mundo. Centroáfrica posee oro, diamantes, bosques tropicales y uranio. La renta per cápita es de 350 dólares anuales y la agricultura (mandioca, banana, maíz, café y tabaco) continúa representando el 55% del producto nacional bruto. En todo el país apenas hay vías transitables (sólo el 3% de la red está asfaltada, el resto es inutilizable, sobre todo en época de lluvias). Existen además sólo algunos pequeños aeródromos.

Al igual que otros muchos países de la región, el ejército ha venido asumiendo un papel decisivo, sobre todo como protagonista de diversos golpes de Estado, en los que Francia siempre ha participado directa o indirectamente. Y la procedencia étnica siempre ha jugado –también dentro del ejército– un importante papel. Un golpe de Estado sucedía a otro debido al impago de las soldadas o a la elección de los oficiales de alto rango en función de su origen étnico (dependiendo de la procedencia del presidente de turno). Parte de los antiguos rebeldes eran incorporados al ejército para tenerlos bajo control, lo que por otro lado debilitaba su cohesión. La toma del poder político servía así para beneficiar al presidente de turno y a su etnia. No se producía una integración real de los ciudadanos en su Estado y durante decenios, sobre todo en el norte, apenas ha habido estructuras públicas operativas. La RCA ha sido de hecho, por lo menos desde alrededor de 2000, un Estado fallido.

Por eso no es de extrañar que los levantamientos contra el Gobierno central tengan su origen mayoritariamente en el norte. Allí la mayoría de la población es musulmana. La guerra que dura hasta hoy la comenzó en 2004 una alianza procedente del norte, llamada Seleka, bajo el mando de Michel Djotodia. Hubo un acuerdo de paz, promovido por la Unión de Estados Africanos, con el entonces presidente François Boizizé, pero se mantuvo en pie poco tiempo y los rebeldes marcharon sobre la capital. Francia –al contrario de lo que hizo en Mali– desatendió una petición de ayuda urgente. Boizizé huyó del país en marzo de 2013, Michel Djotodia tomó brevemente el poder con ayuda de los rebeldes de Seleka y disolvió formalmente la alianza militar. Debido a la presión de los países vecinos, sobre todo del Chad, estrecho aliado de Francia, a comienzos de enero de 2014 abandonó el cargo y marchó al exilio.

Pero los rebeldes de Seleka permanecían en activo. Establecieron una tiranía terrorista en la que los asesinatos, violaciones y el saqueo estaban a la orden del día. Las unidades armadas reclutaron también a niños soldado. Contra estas bandas, procedentes en su mayor parte del norte musulmán y de las zonas musulmanas limítrofes del Chad, se creó la resistencia compuesta por las otras partes de la población, a las que los medios suelen referirse como cristianos. Esta atribución es por tanto más que inexacta, pues muchos habitantes del sur son animistas, con modelos de concepción del mundo prerracionales en los que la naturaleza está dotada del alma, y no hay una clara separación entre cristianos y animistas. Las milicias surgidas de este modo se denominaron “Antibalaka”. En sango, la lengua oficial de la república junto con el francés, “balaka” significa “machete”. La palabra podría ser también una contracción de “balle” (bala, en francés) y el nombre del fusil AK-47 (kalashnikov). Los miembros de estas milicias creen que los amuletos los hacen invulnerables, lo que da a la palabra “Antibalaka” un nuevo sentido: protección contra las balas.

Las etiquetas que se aplican a estos grupos en lucha sugiere que se trata de un conflicto religioso, un cliché muy apreciado y cultivado desde que en 2008 lo inventó el fallecido politólogo y asesor del departamento de Exteriores estadounidense Samuel P. Huntington. Sin embargo, más que luchar contra las bandas de Seleka, lo que hace Antibalaka es perseguir y asesinar musulmanes y saquear sus propiedades. Entretanto el conflicto ha adquirido dimensiones internacionales. Miles de personas han sido asesinadas. Desde el comienzo de los enfrentamientos armados, casi un millón de centroafricanos, la quinta parte de la población, han tenido que huir de sus pueblos y ciudades. De ellos, 600.000 son desplazados internos, que han huido de una parte del país a otra. Los otros 400.000 han huido a los países vecinos. Entre ellos hay también combatientes, parte de ellos “cristianos” y otra parte miembros de Seleka, que se desplazaron a Camerún y la R.D. Congo, donde por las armas se apropian de lo que necesitan para sobrevivir y de lo que encuentran de valor.

El sistema de la Françafrique

El gobierno real del país se ejerce mediante un sistema de control militar, corrupción, criminalidad y explotación que bajo el nombre de Françafrique, un neologismo derivado de Francia y África, se ha hecho tristemente famoso, por lo que no es casual que se lo conozca también como France à fric (la Francia del dinero). Pese a la descolonización de los años 60, la Grande Nation no quiso abandonar sus áreas de influencia. El acceso a los recursos energéticos en el antiguo dominio colonial, objetivo principal de los intereses franceses en África, le garantiza la independencia en materia de política energética y con ello el poder político de Francia en la esfera internacional.

 

La presencia de soldados, franceses sobre todo, no ha podido hasta el momento detener la violencia (francotiradores franceses en Bangui, el 8 de diciembre de 2013). Foto: REUTERS/Herve Serefio

A este sistema de la Françafrique pertenecen bases militares en Chad, Costa de Marfil, Senegal, Gabón y Djibuti, ya comprometidas en los protocolos de independencia. Estas bases han sido el punto de partida para más de cincuenta intervenciones militares francesas en los pasados cincuenta años, aparte de las acciones encubiertas para derrocar regímenes indeseados. Pero también forma parte de este sistema un entramado de corrupción y criminalidad, tejido y alimentado sobre todo por las grandes empresas y que llega hasta la cúpula de Estado francés.

La República Centroafricana es también un ejemplo ilustrativo al respecto. Tras la muerte del primer jefe del Estado, Barthélemy Boganda (que fue nombrado primer ministro antes de la independencia), fallecido en un misterioso accidente aéreo, Francia puso en el cargo a David Dacko. Este fue derrocado en 1965 por su primo Jean-Bedel Bokassa, con ayuda de la Legión Extranjera francesa. Bokassa había servido fielmente a Francia en sus guerras (coloniales): 2ª Guerra Mundial, Indochina, Algeria. Instauró en el país un régimen del terror, proclamó la monarquía y el 4 de diciembre de 1976 se hizo coronar “emperador de África central”, bajo el nombre de Bokassa I.

El sistema de la Françafrique ha sido patrocinado en todo momento por la política francesa. Son legendarias las cacerías del presidente francés Valéry Giscard d’Estaing en el país, así como los saquitos llenos de diamantes que Bokassa regaló al Jefe de Estado francés. Aún hoy circulan los rumores de que Bokassa utilizó el congelador que aquel le regaló en agradecimiento, para conservar los cadáveres de sus enemigos asesinados y comérselos cuando le apeteciera.

Pero en 1976 el emperador perdió el favor de sus patrocinadores y, con ayuda de tropas francesas, su predecesor y primo David Dacko fue colocado de nuevo en la Presidencia y se restauró la república. Bokassa se marchó al exilio –en Francia– para residir en un relativamente modesto castillo en el Loira. Finalmente regreso de forma voluntaria a Centroáfrica, donde fue condenado a muerte por genocidio, tortura y canibalismo, aunque luego fue puesto en libertad. Tras este episodio se sucedieron los golpes de Estado, cada vez con más rapidez y siempre con participación francesa. La creciente miseria provocó los ya mencionados levantamientos en el norte. En ellos tomaron parte también las bandas surgidas durante la crisis en la provincia sudanesa de Darfur, limítrofe con la RCA, donde desde 2003 había un levantamiento rebelde contra el poder central de Jartum. También participó en el conflicto, directa e indirectamente, Idriss Déby, presidente del Chad que contaba con el favor de Francia, pues en el norte de la RCA actuaban grupos que desde allí o en el Chad luchaban contra Déby.

En la antigua África francesa quienes detentan un poder decisivo son las grandes compañías francesas semiestatales Total (petróleo y gas) y Areva (uranio). Mientras que Total tiene el monopolio de la extracción de petróleo en Gabón, Costa de Marfil, Chad, etc., Areva proporciona el uranio necesario a las 58 centrales nucleares francesas. El lugar con mayor producción es con diferencia Níger, que sin embargo es cada vez más inestable debido a los acontecimientos en Libia y en Mali y a las intervenciones militares de la Grande Nation: el 22 de mayo de 2013 murieron 23 personas en un ataque terrorista a las minas de uranio de Agadez y Arlit. En vista de tales amenazas urge mantener bajo control los yacimientos de uranio de la RCA. También a Alemania le llegan algunas migajas de la riqueza de Areva: la empresa está fusionada con Siemens Nuclear Power y, entre otras cosas, es el principal patrocinador del 1. FC Nürnberg.

Los fundamentos de la Françafrique se forjaron ya en 1945 con el acuerdo de Bretton Woods: Francia introdujo entonces en los acuerdos el establecimiento de la Comunidad Financiera de África, que incluía la creación de una moneda especial que se sigue utilizando en la actualidad en dieciséis países del continente –ente ellos, la RCA–. El “franco CFA” está garantizado por el Banco de Francia y la circulación de capitales entre la zona CFA y Francia es totalmente libre. De ese modo, Francia controla los flujos monetarios de esos países y facilita a las empresas y a los potentados corruptos el movimiento de los capitales obtenidos mediante actividades criminales. Las inversiones se dejan a un lado en favor de un saqueo sistemático: las transferencias monetarias de la zona CFA a Francia superan anualmente a las inversiones en esa zona monetaria entre dos y cuatro veces. Nada menos que Omar Bongo, durante 41 años presidente de Gabón, uno de los principales países productores de petróleo de África occidental, ha descrito certeramente el sistema de la Françafrique, en el que él mismo ha jugado un papel central: “África sin Francia es como un coche sin conductor, Francia sin África es como un coche sin combustible”.

El monopolio del poder se debilita

Durante su mandato, de 2007 a 2012, el anterior presidente Nicolas Sarkozy trató de reducir sensiblemente la presencia militar francesa en África para, con el dinero ahorrado, establecer una base militar en los Emiratos Árabes Unidos y así hacer de Francia un agente global en el centro de las reservas energéticas mundiales. Esto provocó un gran descontento en el ejército francés. Oficiales de alto rango y miembros del Estado Mayor (sin mencionar sus nombres) publicaron en el diario conservador Le Figaro una carta abierta de protesta en la criticaban con la mayor dureza la “retirada” de Francia de sus posiciones en África. La presencia militar de la República Francesa en el continente permanece inalterada.

El primer reto de la dominación fue la guerra civil en Costa de Marfil entre 2002–2007, cuando el presidente Laurent Gbagbo despertó las iras de la Françafrique con sus negociaciones con empresas estadounidenses para la explotación de los recursos petrolíferos en el Golfo de Guinea. En vista de ello, en el conflicto entre el norte (musulmán) y el sur (cristiano-animista) Francia apoyó a los rebeldes del norte. Gbagbo fue finalmente derrocado y tomó el poder el protegido de Francia, Alassane Ouattara. El anterior mandatario fue puesto a disposición del Tribunal Penal Internacional. Francia poseía (y posee) una base en Costa de Marfil, tuvo allí presencia militar desde el comienzo del conflicto, en 2002, y tomó parte en él. En este contexto es importante señalar que no sólo ECOWAS (Comunidad Económica de África Occidental) y la Unión Africana se involucraron en tareas de mediación, sino que el Consejo de Seguridad de la ONU se implicó en los combates en Costa de Marfil y acordó enviar una misión militar (UNOCI) compuesta por tropas de países africanos. El Consejo de Seguridad determinó en diversas resoluciones que la UNOCI (Operación de las Naciones Unidas en Costa de Marfil) y la operación militar francesa “Licorne” (unicornio), creada poco después del inicio de la guerra civil, habrían de colaborar estrechamente: París pidió por vez primera apoyo internacional y consiguió poner a las tropas bajo mandato de la ONU al servicio de sus propios intereses. Esto indica que Francia parece haber perdido la capacidad de aplicar de manera unilateral su política de cambio de regímenes en África.

Así, la vieja potencia colonial intenta ahora que la ONU refrende la legitimidad de sus intervenciones y las apoye militarmente. A este respecto, la UE es el socio cooperador ideal, como se demostró en la posterior intervención (a partir de 2008) de la EUFOR (Fuerza de la Unión Europea: asociaciones militares multinacionales temporales), con su misión EUFOR Chad/RCA que tenía por objetivo estabilizar el régimen del dictador Déby, aliado de Francia. De ese modo, París consiguió movilizar a los europeos –finalmente, en Mali–, también militarmente, al servicio de sus objetivos en África, haciéndoles de paso compartir los costes de las intervenciones. En la UE, el Palacio del Elíseo siempre había conseguido determinar casi por sí solo la política de la Unión con respecto a África. A partir de ahora habrá de tener lugar en el ámbito militar un reparto de los costes. No obstante, con ello podría llegar a su fin la exclusiva de Francia sobre sus antiguas colonias, pues los demás suministradores de tropas exigirán que sus puntos de vista sean tenidos en cuenta.

La base para las intervenciones militares de la UE están establecidas en la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) y en la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) del Tratado de Lisboa. Para su aplicación, Bruselas aprobó en 2003 la Estrategia de Seguridad Europea (ESS, 2003), donde se dice: “Hemos de ser capaces de actuar antes de que los países de nuestro entorno lleguen a situaciones complicadas (…) antes de que surjan emergencias humanitarias. Un compromiso preventivo puede evitar serios problemas en el futuro”. Esta formulación de objetivos entra en flagrante contradicción con con el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas (prohibición del uso de la fuerza), pero esto no parece importarle a una UE galardonada con el Premio Nobel de la Paz. La aspiración de la UE a jugar un papel determinante en la configuración del orden mundial figura desde entonces en el orden del día de la agenda internacional.

Alemania da un paso al frente

En consecuencia, la República Federal Alemana, que ya ha asumido el liderazgo de Europa en materia económica y de política financiera, exige ahora tomar la palabra también en el ámbito militar. Así lo muestran los discursos de los responsables políticos de la “Conferencia de Seguridad” de Munich, con el presidente de la República a la cabeza: “Poco a poco, la República Federal pasa de ser beneficiaria a garante de la seguridad y el orden internacionales”. Las crecientes ambiciones de Alemania en esa zona del mundo pueden apreciarse en el documento “Directrices de la política con respecto a África”, publicado recientemente por el Gobierno federal.

El creciente número de intervenciones militares alemanas precisamente en África, que en su mayoría se limitan a la logística y la instrucción, permiten deducir que Berlín pretende participar en la determinación del curso del mundo también con sus soldados, según el lema: Sólo quien participa con las armas puede tener voz. Esto es lo que se oculta tras grandes palabras como “asumir mayor responsabilidad”. Alemania puede así sin dificultad permanecer fiel a su vieja máxima de actuar sólo “en coalición”. Los aliados occidentales, con la inclusión de la RFA en la OTAN perseguían también el objetivo de mantenerla bajo control. Pero con la creciente relevancia de Alemania en tales intervenciones militares se aflojan las ataduras que se le colocaron con su ingreso en la OTAN y la UEO.

Recordemos que la base de la militarización de la UE es aquel Pacto de Bruselas de 1948 en el que, ante la inminente fundación de la RFA (1949), Francia, Gran Bretaña y los países del Benelux se asociaron para crear una alianza preventiva frente a un posible resurgimiento del militarismo alemán. El ingreso en la OTAN, en 1954, hizo que esa alianza pareciera ya obsoleta. La alianza se conoció en adelante como Unión Europea Occidental (UEO) y recibió un nuevo impulso con el Tratado de Maastricht, quedando concretada en la PESC, la PCSD y la Estrategia de Seguridad Europea. La relativa contención de Berlín en el pasado podría deberse, más que a la desconfianza de sus socios, que aún no había desaparecido, a aquella contención militar autoimpuesta que Gauck criticó en la Conferencia de Seguridad de Munich señalando que el objetivo de la “Gran Coalición” sería ahora poner fin a esa contención.

El Estado se descompuso hace ya tiempo en la RCA, desde hace décadas las seguridad de las personas no está garantizada. El caos y la violencia son la consecuencia de décadas de explotación, del gobierno de regímenes dictatoriales corruptos respaldados por Francia y de la extrema pobreza. La RCA ocupa un lugar más destacado en la agenda internacional desde que, a resultas de la guerra de Libia, toda la zona del Sahel se ha convertido en una tierra sin ley dominada por la violencia. En consecuencia, asegurar los recursos de la RCA y, sobre todo, los yacimientos de uranio se ha vuelto un objetivo prioritario para los geoestrategas europeos.

Pese a todo lo que se dice habitualmente, lo que sucede en la RCA no es –una vez más– un conflicto religioso, sino una economía de la violencia, guerras entre bandas cuyos principales móviles son el robo, el saqueo, la violación y la explotación infantil. A este respecto es preciso construir la identidad y la cohesión, para después servirse de los modelos interpretativos étnicos y religiosos. Interpretar los enfrentamientos armados como una “lucha entre culturas” sólo sirve para desdibujar las verdaderas causas de la rápida conversión de la violencia estructural en pura violencia extrema y ocultar los intereses económicos subyacentes.

 





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Source: http://www.jungewelt.de/2014/05-28/022.php
Publication date of original article: 28/06/2014
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